Originem

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El masái modelo que pasa sus días en Almería

  Te vistes, quedas con tus amigos y sales a comer. Llegas al restaurante, te sientas frente al mar, donde las grandes comilonas dibujan un paisaje costumbrista digno de las 2.30 de la tarde en la Urba de Roquetas. De pronto, un vendedor ambulante se te acerca a tu mesa y la perplejidad te arrebata. ¡Qué dramática una! Un africano color ébano, que por mucho que yo sea de mediana estatura, no te da la vista para terminar de averiguar su rostro sin que te escandile el sol. Y no me puedo resistir, «¿Me puedes dar tu teléfono?» Gorgui Gadiaga sonríe con timidez, aunque asiente con ahínco y entablamos una pequeña conversación. Resulta que el gachó es masái. Sí, uno de esos que parecen sacados de los bonitos reportajes del National Geographic. El enigma de la tribu keniata donde habitan las personas más altas del planeta. Una característica definitoria que ha marcado la vida de Gadiaga, sus dos metros de altura fueron el pasaporte para dejar Senegal y trabajar como modelo en Roma. Su físico espigado llamó la atención de Macron una noche por la Plaza Mayor de Madrid. ¡El presidente francés le pidió una foto! Dicen que la mezcla de genes, la mezcla de razas y la mezcla entre países dan como resultado a las personas con los mejores físicos y las más bellas del planeta. Claro ejemplo de nuestro protagonista, su madre de Senegal y su padre de Kenia. Aunque él nació y creció en el país materno, eso no le ha impedido tener una condición física de escándalo con sus casi 2,10 metros de altura. Resulta curioso porque mientras él intenta explicarse es una gozada ver cómo habla español con un perfecto acento italiano. ¿Quién es Gorgui Gadiaga? Nací y crecí en una cuidad que se llamaba Kaolack. Es una cuidad grande de Senegal, muy grande llena de cultura, un símil en España vendría a ser Barcelona. Tenía 27 años cuando dejé mi país. Ahora tengo 39 años. Sé que mi físico no supera el de los 30 años. He vivido en África y en Italia. Yo nací y crecí en Senegal. Ahora, cuando viajo, vivo con mi madre porque mi padre murió. No tengo ninguna familia en Kenia.  ¿Y cómo fueron tus pasos hasta llegar a Europa? ¿Fue duro? Yo llegué a Italia con un visado. Casi que me tuve que ir de mi país porque en Senegal, si alguien dice que quiere ser modelo, lo señalan como homosexual y no está bien visto. Tuve que pedir asilo en Italia para estar protegido por 5 años. A mi padre le decían: «¿Tu hijo es modelo? Es maricón.» Antes nada era igual, ahora el mundo está en el proceso de superar todas esas creencias. Nadie nunca de mi familia fue a la escuela, solo acudieron a la escuela coránica a aprender la religión y eso es muy malo. Yo incluido; yo nunca fui a las escuela, solo a aprender el árabe. Eso sí, si tengo hijos son los primeros que van a pisar un colegio. Cuando adquieres el asilo político, durante el primer año, no puedes trabajar; ¿cómo te las ingeniaste? Tuve que sobrevivir y trabajar ilegalmente, además, fue mi primer año para poder arreglar toda mi documentación. Fue un periodo muy cansado pero ahora estoy tranquilo. ¿Cómo fue tu inclusión en el mundo de la moda? Siempre se fijaban en mí por la calle y fui descubierto por un cazatalentos. ¿Podías vivir de tu trabajo solo como modelo ? Sí, la mayor parte del tiempo lo dedicaba a trabajar como modelo pero, si no, me dedicaba a vender de forma ambulante artesanía de bisutería africana, como actualmente hago en Roquetas. Puede ser una frivolidad pero, ¿te gusta ser modelo? La verdad que sí, me gusta cuidar mi imagen y llevar accesorios, por ejemplo, siempre me gusta llevar anillos. Puede decirse que soy muy coqueto. ¿Cómo es la diferencia de vida entre Italia y tu vida ahora? Hay mucha diferencia porque aquí la vida es más calmada y me gusta mucho, sobre todo Andalucía. Aunque mis papeles para poder vivir en Europa son italianos. ¿Eres feliz en Roquetas? El masai tiene que sonreír pero sus ojos reflejan franqueza. “Ahora sí que me gusta Roquetas. Antes de llegar aquí vivi en Madrid y en Zaragoza, Pamplona, País Vasco. En 2018, fui a Gandía… En Roquetas llevo 3 años. Pero según me de el punto me muevo mucho, un día me voy a Málaga, otro día me voy a Granada…» Entonces, hablarás muchos idiomas… Soy bilingüe italiano junto a varios dialectos de Senegal, hablo francés, un poco de inglés, y por supuesto pulaar, que es una mezcla entre ese dialecto y el árabe. Conozco ahora gente de todo el mundo, me gusta viajar y visitar muchos países de Europa. He ido a Francia, Bélgica, Mónaco, Amberes, Grecia… La mayoría de mis viajes han sido por trabajo como modelo pero también como ‘taximan.’ ¿Todavía quedan masáis en África? Claro que sí pero un grupo muy reducido en Kenia y Tanzania. Menos de un millón. ¿Los masáis ya solo viven del turismo? Sí, ya tienen otra vida porque ser 100% masai ya es muy difícil. Ahora hay tanto turismo que es difícil dedicarte en exclusiva a la ganadería, por ejemplo. Viven mayoritariamente de los safaris. Además, yo soy más moderno porque a mi madre le encanta Europa, aunque ella se volvió a Kaolack hace un tiempo. Cada febrero voy a verla. ¿Echas de menos vivir en África? Sí, un poco, yo quiero vivir ahí. Mi gran sueño, por el momento, es poder crear una escuela de cultura africana. En mi país existe Casamance, dedicada a las artes escénicas y a fomentar la cultura, y está ubicado en Diakene Ouloff, un pueblecito de apenas mil ochocientos habitantes al que aún no ha llegado el turismo. En este pequeño paraíso el suelo es de arena, las cabras pasean en libertad y los mangos abarrotan las ramas de los árboles. Me encantaría desarrollar

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Come como el Papa en Almería

Caprichosos son los destinos como benditos, sobre todo cuando el telón se baja con un ‘felices para siempre’. Hace 4 años cuando Antonio Santacroce y Francesco Caldarozzi -quienes todavía no llegaban a los 30- decidieron emprender la aventura de abrir su propio restaurante italiano en el paseo marítimo de Almería. Los primos procedentes del centro de Italia habían hecho de los números su futuro y decidieron estudiar ciencias económicas, pero la gastronomía la traían arraigada en la sangre. No cualquiera puede presumir de haber preparado la comida para el Papa Benedicto XVI y, de ser los primeros en hacer repartos náuticos con motos de agua en Almería. Buono es el nombre del restaurante, café, pasta, pizza, los pilares de su comida. La palabra que denomina al establecimiento es una declaración de intenciones, una filosofía, los principios de la bella Vita italiana. Porque como dice Antonio «cualquiera puede comer comida en casa o en cualquier parte, pero ir al restaurante es una experiencia». Antonio es el corazón del proyecto, quien se mancha las manos en la cocina para preparar cada receta, quien imparte clases al personal para que cada cosa, sea cada cosa. El hostelero apasionado de la historia y la diplomacia, conoció Almería durante su estancia Erasmus y no pasaron muchos años para que convenciera a su primo, Francesco de montar un negocio en nuestras costas.  Francesco es el cerebro, una frase denota su implicación en el negocio: «yo lo llevo todo, podría engañarlo y no se daría cuenta, confía plenamente en mí». Antonio lo mira y asienta con total tranquilidad: «no lo hace porque sé donde vive, aquí y en Italia», y ambos rompen a reir con la complicidad de alguien que ha sido tu compañero de viaje. Primos y socios desde su primera juventud, cuando organizaban fiestas en la piscina del hotel familiar, Santocroce en Sulmona. Y aunque quede poco tiempo libre para el ocio cuando el negocio es propio -aqueja Francesco-, todavía saca rato para practicar deporte. «El calcio que no nos falte a los italianos» y dramatiza con el gesto tan particular de la mano en pico mientras esboza una gran sonrisa.  ¿Qué comida hacéis en el restaurante, llamáis a la abuela que os de recetas? Se ríen y primero habla Francesco: «La cocina italiana es tradición y un pequeño toque de fantasía, estos son los ingredientes básicos a partir de ahí no te puedes mover mucho». «Además que es la comida más variada del mundo, de una región a otra del país de la bota ya es totalmente diferente. La gente viene con la idea de pasta y pizza, pero tenemos carnes selectas importadas de Italia, el vino, la burrata, la trufa… Es un mundo, hay varias filologías de pizza y pasta.» «La comida representa parte de la cultura de un pueblo, cada plato, como nace, cuenta una historia. Por ejemplo, la salsa carbonara cuando se inventó no había nata, había que tomar los huevos a crema, sin embargo, se ha usado el nombre del plato porque era popular», concluye Antonio con la sabiduría del savoir faire. Para qué mentirle, querido lector. Él puede. Francesco tiene que aportar esta cosa de que el negocio no es solo el restaurante, sino su parte de divulgación a través de las clases de cocina para enseñar qué es la comida italiana, sus orígenes, la procedencia de cada ingrediente. ¿Recuerdas que comió el Papa? Antonio contesta entusiasmado: «Pappardelle alla Morronese. Mi padre, Domenico Santacroce es un chef reputado que elaboró la Morronose; su propia invención a partir de los ingredientes que crecen en una montaña de la región de Abruzzo donde vive toda nuestra familia».  ¿Sois de estos jefes que están 100% en el negocio? Sí, no podría ser de otra forma. Al principio empezamos con comida para llevar y poco a poco hemos ido creciendo. En la actualidad, tenemos 20 trabajadores, no todos a la vez y, en cada turno damos de comer a 180 comensales.  La cultura del trabajo es muy importante para Francesco. «He trabajado delante y detrás de la barra, puedo entender lo que pasa como empleado y como jefe». Antonio sale al paso: «se trata de un crecimiento integrado donde vamos dando perspectiva a todo. No queremos parar con el restaurante, pero para mandar tienes que saber obedecer». ¿Podéis concederos dos días de descanso? Dos días, no, uno; pero para nosotros ni eso porque cuando la empresa es propia no descansas nunca. Ahora todo depende de la planificación, el trabajo fuerte lo tienes durante 4 horas al día. ¿Cómo proyectan el negocio? No solo somos la gastronomía en el restaurante, también hacemos catering y participamos en eventos que proyectan nuestros negocio. Antes de pandemia teníamos un evento con Ferrari que ahora está pendiente de concretar fechas. Share on facebook Share on twitter Share on whatsapp

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Ese loco que viste de blanco, el modisto Fabián Ozán

Andaba por la vida preso de la casualidad, paseaba por la ciudad y sus pasos guiaron el camino. Hace 20 años que el modisto y costurero, Fabián Ozán, llegó a Almería; «yo soy más almeriense que tú porque yo lo elegí y tú quizás no», dice desde el sillón de su despacho vestido de blanco impoluto y con la cinta colgada al cuello, como la profesión llevaba Lázaro.  Fabián había venido de vacaciones a ver a su hermano, era el quinto día de estancia al otro lado del charco cuando se dejó caer por el centro y vio un cartel donde necesitaban costurera y por casualidad encontró la oportunidad. Era la sastrería Hita quien fuera presidente del gremio de sastres de Almería cuando los hombres que se vestían por los pies llevaban la ropa a medida.  ¿Por qué siempre viste de blanco? Me preguntan más por qué visto de blanco que por mi oficio. Empecé por una cuestión de meditación y al final opté por comodidad. La película ‘9 semanas y media’ fue mi inspiración, la escena cuando ella abre el armario y todos los trajes son iguales me pareció genial. La ropa me satura y no necesito que me preocupe, todo el día estoy pensando como vestir a los demás. Tengo una boda me visto de blanco, voy al café con mis amigos me visto de blanco, tengo que ir a la escuela… Eso me aligeró la vida. Fabián se instaló hace casi una década en un edificio modernista de principios del siglo pasado en el centro de la Almería, comparte la estancia con su padre y un galgo blanco que protagoniza todas las campañas de moda del modisto. Desde la calle, las puertas abiertas del portal invitan a pasar y unas estrechas escaleras de caracol con la baranda de madera, que harían las delicias de un romántico, llevan hasta el primer piso donde se sitúa el taller. En la carpintería, en el suelo -incluso en los vidrios de las ventanas que tienen 100 años- se entraman la elegancia con la añoranza por el buen hacer de un oficio que rezuma detallismo.  ¿Cómo se dio el oficio? Mi padre hacía sastrería, uniformes militares para el estado. Él es mi referente de trabajo, me he criado en un taller.  Aunque el argentino dice que ser costurero nunca estuvo en sus planes, pero se le dio tan bien que lo convirtió en su medio de vida. Ahora a sus 57 años sueña jubilarse pronto y antes de que lo coja un achaque estudiar historia en Italia. Dentro del show room donde se muestra la colección conviven el mate, los bocetos de los diseños y un pequeño lugar donde Ozán medita. La estancia lo refleja metafórica y literalmente en grandes espejos de marcos barrocos dorados, en los grandes ventanales blancos, en los juegos de luces que convierten a la habitación en un lugar cálido.  Después de conocer sus orígenes familiares comprendo el gusto por los botones. Claro, ahí hacíamos las pulseritas de botones era la forma de entretenernos de niños. Había cajas llenas de botones, ahí te ponían con una aguja y un hilo largo y te tenía entretenido dos horas. ¿Cómo llegó a tener su propio taller? Me costó mucho tener mi propio taller. Primero, trabajé tres años con María Barragán pero tenía que volver a Argentina y cerrar puertas mentales. Cuando cerré todo lo que tenía que cerrar volví y ya no tenía mi trabajo porque Barragán no me quiso coger de vuelta porque había sido un impertinente, el único que se había tomado 1 mes de vacaciones en su empresa. A María la quiero mucho porque fue la primera que me dio trabajo cuando solo llevaba 5 días en Almería y siempre recordamos esta anécdota entre bromas. ¿En qué se las arregló entonces? Trabajé durante 3 temporadas cargando camiones en un almacén de El Ejido. Ni yo lo creo (dice entre risas), pero la pasé estupendamente, fue un trabajo maravilloso. Era muy divertido, en el lugar dando trabajé había 400 personas de todas las religiones y de todos lo países del mundo, eso era Babilonia. Allí te cotizaban todas las horas como horas fijas, entonces cuando te ibas era con un buen paro. Trabajábamos una burrada de horas, yo siempre me quedaba cuando acababa la jornada y trabajaba de 08.00h a 22.00h. Fue muy importante para mi, porque me relajé, me puse tremendo parecía que iba al gimnasio. Mi hermano me preguntaba: ‘¿Cómo aguantas ese trabajo?’ Porque nosotros siempre hemos tenido una vida fácil, pero me lo tomé como algo transitorio para un objetivo particular que era montar mi propio taller. Aprendí mucho de cocina internacional porque siempre te intercambias los platos de comida con la gente. Viví con un rumano y su mujer cocinaba muy bien, como no tenía tiempo para cocinar ella se encargaba de esta tarea. La verdad que la cocina rumana y argentina son muy parecidas. Después de estos tres años en el almacén abrí mi taller, empecé con los arreglos, es como todos los talleres empiezan y llegué a tener 40 tiendas. Éramos 8 personas trabajando, hasta que me hartó también eso y eché a todo el mundo y nos quedamos nada más que tres personas. Ahora trabajo para muy pocas tiendas y hemos cambiado el trabajo. ¿Antes tenía más la visión de costurero y ahora de modisto? Sí y en esto influyó mucho Susana Lirola. Ella me decía estás loco te vas a morir llevando 40 tiendas, mi teléfono no lo quería nadie, era todo el día sonando. Cuando abrieron el centro comercial de Torrecárdenas, llevaba los dos centros comerciales y de Almería. Fue poner un freo y me siento muy feliz. Dos chicos que se fueron de aquí montaron su propio taller, cogieron las tiendas que dejé. Me quedé con el trabajo a medida, unas pocas tiendas y algunos arreglos a clientes con quienes llevo 20 años trabajando. ¿Cuándo empezó Fabian Ozán como modista con su propia colección? Hace 4 años,

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Sobrevivió a un secuestro exprés y ahora vende scooters para abuelos

Giuseppe Natoli  vende scooters para personas con discapacidad en Roquetas de Mar. Proveniente de Venezuela de ascendencia siciliana y afincado en Garrucha. ¿Cómo llegó hasta Almería y por qué hizo de esta tierra su hogar? La tienda se llama Litona Indalo que es su apellido al revés. De su padre heredó la superstición y aquello de abrir los negocios los días clave, como cumpleaños o aniversarios. «No sé si mi padre tenía esa costumbre para no olvidarse de las fechas importantes, pero no creo porque él tenía muy buena memoria», hace la chanza para continuar su relato. Toda la vida se dedicaron al mar, tenían una empresa que vendía barcos hasta que con la dictadura las concesiones a los pescadores se congelaron y hubo que seguir buscándose la vida abriendo un cyber café enclavado en una zona turística donde había caudal.  Nunca había conocido a alguien que hubiera sido secuestrado, pero esta es la magia de hablar con extraños de lugares remotos, además de viajar sin dinero te llevas sorpresas que jamás hubieras imaginado.  Si das al play puedes escuchar al propio Giuseppe narrando cómo vivió aquellas horas de angustia durante su cautiverio.  Era principios del nuevo siglo y Venezuela estaba en una situación económica crítica, el padre de Giuseppe ya retirado, pero todavía manejaba el negocio. Tanto el padre como el empresario fueron secuestrados el mismo día, eran bandas perfectamente organizadas que sabían quién podía tener algo de dinero. Irrumpieron de madrugada en la casa de Giuseppe, lo maniataron, «como un cerdito, solo me faltaba la manzana en la boca», en sus propias palabras. Cuando los secuestradores se marcharon, partieron la llave de la cerradura para que no pudiera salir, pero no se llevaron el coche. Una llamada por teléfono para pedir ayuda logró sacarlo de su casa y corroboró que su padre había sufrido la misma situación.  Todavía huelen a miedo sus palabras y su mirada grave. A pesar de contar entre risas que su padre se lo tomó a broma todo.  Creo que de sus raíces italianas preserva la familia como pilar y apoyo, la amistad como estandarte y un cariño grande por el pueblo gitano, porque su forma de vida le recuerda a la de sus paisanos en Cumana, provincia de Sucré.  Los clientes llegan y toca resolver las papeletas, como buscar una silla de un ancho especial para una señora francesa, la gracia es entenderse, aunque la comunicación se produce sin muchas dificultades, a pesar de las diferencias idiomáticas. Toda la vida se ha dedicado al comercio, a los negocios y a buscarse las habichuelas como decimos aquí. Viajaba desde Italia a Barcelona para buscar una scooter a su padre porque en nuestro país eran más baratas. Se tomó un año sabático e hizo turismo por nuestro país, hasta que encontró Almería y el Indalo lo guio. «El Indalo es muy parecido al tótem cartaginés y es algo que siempre he llevado conmigo», además del horizonte, supe que era mi lugar.  También puede arreglar cualquier mecanismo con cables, «mi familia me llama el come cables, ¿tú ves alguno por aquí en medio?» Y el hombre esboza una carcajada. Asegura que no morirá de infarto porque se la pasa riendo y en una tarde fui testigo de que es cierto. Ahora me gusta detenerme a observar su retrato y analizo la simbología que refleja literal y metafóricamente. Nunca lo hubiera conocido de no ser por la recomendación de un amigo que no equivocó sus palabras al decir: «me gusta porque es una persona que tiene valores». Share on facebook Share on twitter Share on whatsapp

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La mujer que viste a los pequeños sultanes de Vícar

“Mujer jatera, hombre cualquier”, son palabras de mi abuela que hoy hago mías, gracias mami por estas perlas de sabiduría. Para mi antecesora jatera quiere decir: mujer trabajadora, polifacética y valiente. La “j” se pronuncia con énfasis para imprimir más fuerza al adjetivo. Es la palabra que define a la protagonista de hoy, Khadija.  Andaba manejando y me llamó la atención el escaparate de una tienda donde se mostraban trajes de ceremonia de puntillosos adornos. Mis ojos repararon en el traje de sultán que vestía un maniquí infantil de niño, aunque el maniquí no tenga género o sexo. La semejanza entre aquella prenda y las vestimentas de Aladín eran más que palpables para alguien que ha crecido con Disney. La tienda estaba cerrada, hacía viento, tenía pereza, pero llamé a un número que había pegado en el cristal de la puerta de entrada. Al otro lado de la línea la dueña de la del bazar infantil. La tienda lleva un mes cerrada porque Khadija tiene dos hernias en la parte baja de la espalda con el gesto algo condolido nos encontramos y comienza a desvelarse la trama. Hace 22 años que aterrizó en Almería y siempre ha querido estar aquí. Proviene de Marruecos, su padre era notario. «Un trabajo es un trabajo, me daba igual limpiar el baño que estar en una oficina. Mi padre era notario y se pasó toda su vida con un boli». La mujer toma este ejemplo como referencia para enumerar los empleos que ha desempeñado y el empeño que siempre ha puesto en cada gota de sudor que le caía por la frente. Tenía 26 años cuando dejó su tierra, llegó a su segunda patria con un contrato de trabajo en un semillero. Khadija era esteticista y el campo solo era un trabajo puente para este mujer inquieta y con sed de aprendizaje y progreso en la vida.  Todavía recuerda su primer trabajo en la hostelería. «Siempre he tenido mucha suerte, iba a las entrevistas de trabajo y aunque no quisiera el trabajo me lo daban. Llevaba poco tiempo en España, todavía no sabía hablar muy bien, pero me defendía. Fui a una entrevista para trabajar en el hotel Playa Dulce, yo prefería trabajar como limpiadora porque si me equivocaba no tenía tanta responsabilidad como en el bar que podía liar las cuentas de las mesas o algo. Pero nada, confiaron en mí, terminé por llevar 4 habitaciones sin liarme y me renovaron el contrato. Los estudios me dan igual, uno que no ha estudiado puede trabajar igual que otro que ha estudiado mucho». Hoy, se pasea por su tienda aunque convaleciente; dentro en la trastienda está su otra empleada, una máquina bordadora. Khadija considera que esta herramienta es como una trabajadora por el dinamismo que le da. «No me importa gastar en lo que voy a aprender». Hace arreglos y borda todo tipo de encargos y los cobra en consecuencia al barrio en el que vive porque considera que es gente trabajadora. «Son muy buenas personas, no te tratan como extranjera, jamás he vivido racismo y eso es lo importante para un país». «Me sacas de Almería y me llevas a otro país y no puedo vivir. Me dices que gano el doble en Inglaterra y no voy. Salgo de Almería para ir de vacaciones y ya», Khadija habla totalmente convencida.  El bazar es su lugar de trabajo entre el colegio del niño y su casa, apenas hace una año que abrió por la conciliación. La empresaria determinó que era mejor para su familia abrir una tienda de trajes infantiles y algo de mujer en Vícar, así podría llevar al niño al colegio y atender a su madre.  La familia va primero y el trabajo es una obligación y deber moral. A sus 48 años, Khadija es una vecina de Almería enamorada de esta tierra desde el primer día. Aunque viaja a Marruecos y ha vivido en Málaga, para ella este es su sitio.  Share on facebook Share on twitter Share on whatsapp

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Evita enfermar si comes vegetal, el podcast de consejos de la nutricionista Ana Molina

¿Sabías que las enfermedades son evitables a través de la alimentación? Es decir, que te comes tu alergia, tu colesterol o tu reuma con cada bocado a esa deliciosa hamburguesa, con el helado, con los bollos… La nutricionista y farmacéutica, Ana Molina sigue esta corriente que asegura que la nutrición influye en nuestra salud y que con buenos hábitos se previenen enfermedades. En su libro ‘Lo saludable de los alimentos‘ puedes profundizar en el tema, además dedica un capítulo a los ayunos, como podrás escuchar en el podcast es una auténtica apasionada de privarse del café de la mañana. Molina es la actual directora de investigación y desarrollo de productos en Biosabor, ha trabajado en Cajamar, Coexphal… Es una almeriense retornada que anduvo por Inglaterra y regresó a su tierra para ofrecer su experiencia a los mejores sabores con la mejor materia prima en hortalizas de Europa.  Escucha el podcast y acércate a nosotras. Si te pica la curiosidad puedes seguir conociendo a Ana en su web ‘AMNUTRICIONINTEGRAL.COM‘. Share on facebook Share on twitter Share on whatsapp

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100 años viviendo del esparto en Almería, Antonio Casado

Aún puedo recordar con claridad la última Semana Santa que viví en Almería antes de toda esta anormalidad. Era martes santo y Ana Mar de Quero cantaba al Santo Cristo del Amor una saeta con “la miel en la garganta, porque cantando también se reza”, como dijera el cofrade. La calle Granada estaba paralizada: de fe, de amor, de un algo que solo se puede comprender a través de la experimentación propia. Para mí es la gracia humana de unirnos y realizar acciones que trascienden al individuo. Y en esas andaba, medio ebria de olores, de la luz de la primavera que invade la ciudad por esas fechas y despierta la vida, cuando salió a mi paso una tienda de canastos. Canastos, mimbres y esparto; la imagen del comercio se convirtió en un recuerdo que recupero 3 años después. Con la esperanza de no perderme nada, seguí el itinerario trazado aquel Martes Santo, desde la Puerta Purchena abordé la calle Granada y en cada recodo metía la cabeza con la esperanza de volver a aquella imagen iluminada en mi lóbulo frontal. Desde la calle Carmelo apareció el escaparate de Artesanía Casado tal y como lo recordaba con los mimbres, el esparto, la madera; objetos que han sobrevivido a la revolución industrial y a la tecnológica. Capazos de esparto que el propio Antonio Casado saca de sus propias manos, tras un duro proceso de elaboración con unas enormes agujas de hierro de unos 20 cm. El padre de Antonio fue quien abrió el establecimiento en 1925. “Mi padre aprendió el oficio con 20 años el oficio, porque antes se ganaba bien, ganaba más que trabajando en una tienda de comestibles. Había mucha demanda de esparto que mandaban a Marruecos, a las minas, a todos lados”. ¿Antonio cuándo nació usted? Yo en 1936. Me pilló la guerra, pero era chiquitillo. ¿Cuándo aprendió el oficio? Empecé a trabajar a los 14 años con mi padre en la espartería, hacíamos espuertas para el campo, ceazos, aguaderas, en fin, una pila cosas. En Baza hacían la pleta, (Antonio hace un alto y señala un canasto que cuelga del techo para ejemplificar de lo que habla), ahí echaban los tomates y los pepinos cuando empezó la agricultura. Antonio, a sus 85 años, está jubilado; sus manos deformadas atestiguan el duro trabajo que han desarrollado. Sentado en una silla de bambú se abanica con un paipái, hace un calor bochornoso y descansa sus pies descalzos sobre una estera de esparto, un gesto que denota como el negocio es su hogar. ¿Qué es lo que más le gusta trabajar? La espartería es lo que más he hecho, en la tienda reparamos muchas cosas que se hacen fuera, como las sillas de rejillas… ¿Esas alpargatas son ornamentales? En el año 50 se gastaban esas alpargatas en el campo… Todo el mundo llevaba esparteñas y albarcas, con suela de goma y la cara de esparto. Casi todos los campesinos sabían hacerlas, el conocimiento se lo pasaban los viejos a los jóvenes, era una cadena.   También recuerdo las esteras para los camiones. En aquellos años iban hasta Madrid cargados de pescado y ponían la estera de esparto arriba de la carga para que aguantara. La artesanía Casado es el único establecimiento de estas características en el centro de Almería. Casi un siglo de historia, una guerra, el milagro almeriense, el cine… Suministraron la cordelería en Exodus de Ridley Scott. Quien está al frente del mostrador a día de hoy en Carmen, la tercera generación quien atiende primorosa a los clientes habituales vienen a por cuerda y ya sabe cuál tiene que buscar. Solo lamenta la bajada de calidad, calidad y valor del trabajo del artesano con algunas exportaciones a bajos precios. Y recuerda la vida sin tanto sobresalto “Antes te las tenías que ingeniar con muchas cosas, no te podías aburrir. Tenías que matar el tiempo en algo útil. Como no entretengas las neuronas, se gastan. Yo no trabajo el esparto hay que tener cierta habilidad y cualidades, unas manos fuertes”. Y regreso al bullicio de un viernes tarde en el centro con la algarabía de la calle en contraste con un manso lugar.   Share on facebook Share on twitter Share on whatsapp

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El último fragüero de la Pescadería

No conozco el calor de una fragua, ni el amor de 50 años de profesión, no sé que significa apellidarse Santiago, ni me acompañan las herramientas que mi abuelo hizo con sus propias manos. Pero sé de alguien que reposa su cabeza en el legado de una vida y hunde sus raíces en los manantiales más profundos de su pueblo. Ramón Santiago Moreno, es el último fragüero de la Pescadería de Almería. “En el Camino Viejo, no tiene pérdida”, con estas señas y desde unas anchas escaleras, donde antes se situaba la Foca, se llega hasta la casa-taller del almeriense. A media tarde, el cobijo de la montaña proporciona sombra, sopla una suave brisa de primero de septiembre, el aire suena hondo a Flamenco, Ramón anda afanado en pintar unas sillas con forma de guitarra. ¿Es usted Ramón? Sí, pasad. El artesano abre una puerta blanca con exquisitos adornos dorados, una habitación de apenas 6 metros cuadrados hace su particular museo de cobre, hierro, acero, bastones, botas, un retrato de familia numerosa donde él es solo un chiquillo y otra de licenciado, de esas fotos que hacían a los muchachos cuando se convertían en hombres a su paso por el servicio militar. “Vendo lo que hago yo, lo que no hago, no lo vendo, porque no sé ni qué vale. Hace poco vino una mujer y le parecía caro 20€ por una guitarrita de cobre”, dice jacoso. ¿De dónde le viene el oficio? Me viene de mi bisabuelo, dentro guardo la fragua con la que él trabajaba, pero hoy en día no la puedo utilizar porque necesita unas pastillas de carbón especiales. Tuve la suerte de conocerlo, yo tenía como 7 u 8 añillos y me acuerdo de él. Mi abuelo hacía los aperos del campo, las herraduras de los animales, en fin… No se ganaba mucho. Nació en 1955 y pasó sus primeros años en una de aquellas casas cuevas que Pérez Siquier inmortalizara para los restos, porque ya solo quedan ruinas. En su adolescencia se trasladó a la calle que ha visto nacer a sus 5 hijos, nietos y biznietos. “En Navidad nos juntamos 23 a comer y porque mis hijos no han tenido mucha descendencia, el que más tres”. La familia es la razón de ser de este hombre que continúa: “Yo sueño con ver a los hijos de mis biznietos, el mayor tiene 5 años, pues 15 años más que dure y llego a verlos”, sonríe, recapacita y dice: “Claro que uno tiene lo suyo”. Su mujer, María, sale de casa con un vaso de agua y una pastilla, le mete a Ramón el medicamento en la boca y dice: “En el nombre del Señor”; y con esa comitiva solemnidad el marido toma su medicación y ella vuelve a lo suyo. “Llevamos toda la vida juntos, nos conocimos y ella tenía 16, yo 18 años”, de nuevo sus ojos se hacen chinitos al recordar tiempos pasados… “Ya ves tú”. ¿Se ha dedicado toda su vida a la fragua? Que va, yo empecé con esto tarde, ya estaba casado, tenía mis dos primeros hijos. He trabajado 40 años como albañil en la empresa y haciendo carreteras.  Con los brazos apoyados en el muro que sustenta el balcón donde se ubica su casa y la vista perdida en el horizonte del puerto pesquero se adentra en su relato, en sus recuerdos. “A mi padre le daba hasta coraje cuando le preguntaba por algo de la fragua. Me decía: ‘Toda la vida lo has visto hacer y no sabes cómo se hace’. Siempre lo he tratado con mucho respeto, le hablaba de usted y no me vio fumar hasta que vine de la mili. Ahora la cosa es diferente mis hijos me respetan, pero a veces me hablan como si fuera su amigo y eso tampoco es”, pronuncia estas últimas palabras con la mano derecha en el corazón y un esbozo de sonrisa.   Y de todo un poco de lo que fue y lo que es la vida, de cómo el dinero y los orígenes vertebran las clases sociales Ramón pone la cara B de la realidad de un barrio históricamente castigado por la pobreza. “Mi hija trabaja en los almacenes, tiene dos hijos y no tiene para pagarse un alquiler. Además, la vida ya no está como antes que con 10 barras de pan se apañaba la familia, tú dales a mis nietos pan na más”. “Si no fuera por la marihuana, la gente pasaba hambre como en el tercer mundo. Que no estoy de acuerdo porque a veces hay cortes de luz y la gente se pasa, pero lo puedo comprender”. ¿Ustedes han pasado fatigas? Sí. Pero fatigas que Ramón ha transformado en cada pieza, cada detalle y cada historia que los objetos pueden contar a través de su testimonio vivo. “En esa olla que ves ahí, comíamos toda mi familia”, ahora en un reloj con guitarras. “Esas botas que ves ahí colgadas, me las ponía antes para vestir porque quedan muy bonitas con un vaquero. Me las regaló mi hijo mayor con su primer sueldo”. “Muchas gracias, volved cuando queráis y traed más amigos”, se despide Ramón. Share on facebook Share on twitter Share on whatsapp

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«Era vivir o morir, no podía rechazar ningún trabajo», la realidad de la migración

Mery Sandoval lleva tantos años en España como los que tenía cuando partió de Quito (Ecuador) a conocer el viejo mundo. Era la primogénita de 3 hermanos y quería viajar más allá de las montañas donde había crecido. Su falta de experiencia le jugó una mala pasada, pero su actitud ante la vida y el apoyo incondicional de su marido la llevaron de la supervivencia al empoderamiento profesional y personal.   Es agosto en la ciudad y los almerienses han cambiado el asfalto por una pequeña parcela en la playa, no para todos es este privilegio. Los pequeños comerciantes, los bares y restaurantes ofrecen sus servicios a los valientes que se atreven a salir a la calle. La protagonista recuerda como tras la pandemia las vecinas del centro apoyaron a los comercios de barrio y así se hizo una brecha de luz en tiempos de tinieblas. Ahora con la perspectiva del tiempo Mery puede sentarse en la mesa de un café y narrar su historia no sin que los ojos se le llenen de agua con algunos recuerdos. “Mi madre había hipotecado su casa para pagar mi pasaje a España, costaba unos 1500 dólares y en 2003 aquello era mucho dinero. Pasé los primeros meses en casa de una amiga de mi madre en Cataluña pero me costó mucho encontrar trabajo, no tenía papeles, ni sabía que era eso.” Al principio ¿Cómo se ganaba la vida? Una tía mía supo que lo estaba pasando mal en Cataluña y fui a vivir con ella a Murcia. Allí trabajaba en el campo. Era vivir o morir, no podía rechazar ningún trabajo. “En Murcia conocí a una familia de Berja que me dio trabajo como interna”. Sin entrar en más detalles, la mujer toma aire y se lleva un mechón de pelo hacia atrás para concluir: “no tenía gastos, pero era muy duro”. Para comunicarse con su familia gastaba 5€ en 15 minutos de llamada, el equivalente a una hora de trabajo como cuidadora. Aunque a los pocos meses de estar en España, Cristian, su pareja, vino a la Península hasta un año después no pudieron vivir juntos. Mery regresó a Ecuador en la Navidad de 2009 para acompañar a su padre en su último viaje. «Fue muy triste. Tuve que endurecer mi corazón y ser más fuerte que nunca». ¿Y la crisis de 2008? Un palo muy grande, porque habíamos conseguido comprar un piso y en 2010 tuvimos que dejar todo y regresar a Ecuador. Mi marido pidió una excedencia en el trabajo de 3 meses y yo estuve allí dos años con mi madre pusimos un pequeño negocio de comida típica ecuatoriana, pero sentía que ya no era mi sitio. Mi madre me decía que ya había hecho mi vida en España y que tenía que seguir adelante. Además, cuando me preguntaban qué había estudiado en España, yo pensaba no he tenido tiempo de estudiar, he tenido que trabajar para salir adelante. En Ecuador, para cualquier trabajo te exigen mucha formación, no es como aquí que puedes trabajar en una cocina, en el campo… Reflexioné mucho durante aquellos dos años. Pensé que nunca había viajado a Francia, por ejemplo, que estaba tan cerca; que solo había trabajado y ahorrado para enviar dinero a la familia, para los imprevistos que surgían… ¿Cómo fue volver a empezar en España? Cuando regresé apenas tenía contacto en la agenda, ni nada pero fui a hacer una entrevista como ayudante de cocina, no pensaba que me fueran a coger, pero sucedió, no iba a decir que no. Mery volvió a España y metió la cabeza en los libros, así finalizó los dos primeros años de magisterio infantil. Durante un tiempo compaginaba los estudios y el trabajo hasta que el cansancio físico y la falta de conciliación hicieron que la ecuatoriana se planteara una nueva meta. Así se aventuró en un nuevo sector, la moda. “Hace tres años que empecé con una franquicia, al principio ves el lado amable, pero veía que la ropa que me mandaban no encajaba en la zona y poco a poco empecé a poner algo de mi ropa. La verdad que me ayudó mucho una amiga, que tenía una franquicia con la misma empresa en Berja. Me di cuenta que la ropa que yo traía se vendía primero y que no era tan importante que tuviera un precio bajo, si no que la prenda gustara. El viernes antes de que nos confinaran casi voy a comprar más ropa, pero mi marido y Sole me frenaron y gracias a Dios, emprender significa meterte en gastos.” A los 9 meses de que el negocio empezara a ir bien en la calle Castelar, llegó el confinamiento, un tiempo que le sirvió a la comerciante para trabajar en sí misma, abrirse a relacionarse con las vecinas, crear comunidad. “La gente se volvió al pequeño comercio, en ese momento empecé a traer poco a poco tallas grandes, pero tengo para todos los cuerpos”. La tienda tiene una fachada rosa y una bicicleta de forja en la entrada, Cris y Mery se encargan de todo. “Te presento a mi electricista, mi fontanero, mi pintor, mi albañil…”, la mujer suelta una carcajada y su marido responde con otra sonrisa. A pesar de lo logrado, siempre hay nuevos horizontes y viejos caminos por descubrir. “Quiero tener mi carrera, aunque tenga 45 años”, dice la autónoma. A día de hoy su autoempleo le permite hacer una escapada a los pueblos de la sierra los fines de semana, trabajar sin horarios, pero trabajar para ella.   Share on facebook Share on twitter Share on whatsapp

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La perla negra de Almería: Pura

Una mujer mayor camina bajo el sol en una calurosa tarde de julio, lleva mochila y muleta por lo que deduzco que sale del trabajo. Tras pensarlo unos segundos doy la vuelta en la rotonda y me ofrezco a llevarla a su destino. Por el camino entablamos conversación, Pura tiene 65 años y después de 8 horas de trabajo de pie en el lineal de la envasadora ‘Murgiverde’ camina 2,6km hasta la parada de autobús que la llevará a su casa en la barriada almeriense de Los Molinos. Pura y Juan se conocieron en Guinea Ecuatorial en los años 70, él era un albañil almeriense que había ido a trabajar al país africano. 10 años después la pareja decidió retornar a Almería. El escenario que se presentaba en la tierra ya colonizada por los plásticos y en la prosperidad que sus frutos dieron, era el de una incipiente democracia. Aires de renovación y viejas costumbres convivían en un mismo territorio. La mujer en la casa y un negro que te abanique, a Pura casi le cuesta la salud, pero salió a buscar trabajo porque tenía que sacar adelante a sus 4 mulatos. Los caminos del humor tienen poderosos designios, a través de la risa la protagonista de hoy superó el racismo y se hizo una querida vecina en su barrio. Camino al café más cercano de su casa, en apenas cien metros, 6 voces diferentes la saludan con el cariño y amabilidad que aporta vivir en comunidad. Ella pide un descafeinado de sobre, la camarera le pregunta casi en afirmación porque conoce de sobra los gustos de su clienta. Mientras paladea la taza de café comienza su relato. “Cuando vine a Almería veía a tanta gente entrar en la casa y pensaba: ¿tanta familia tiene mi marido?  Pero no era familia es que venían a ver a una negra, hasta que me enteré y cuando sentía gente no salía de la cocina. Porque me daba vergüenza y no conocía a nadie. Ahí fue donde mi familia política cometió el error de tratarme como si fuera un animal, como que su hijo había traído un perro o un mono; me sentía muy avergonzada, me sentía muy mal”. ¿Cómo lo superó? Me puse muy mala una vez, pero mal con una depresión malísima. Fui a un médico, creo que se llamaba José Arcos, el hombre me dijo: ‘no estás loca, ni tienes nada, tú tienes que salir y trabajar’. Me quedé que no quería ver a nadie, ni salir, mi marido también se alejó de mí en lugar de tomarme con el cariño que nos teníamos. Veía que él tenía vergüenza hacia su gente porque había traído una negra. Me iba dando cuenta de esas cosas, si no llega a ser por mis cuatro hijos regreso a mi país pero ellos me ataban. Pensaba dónde voy a ir con ellos. Pensé que tenía que buscar la felicidad de mis hijos, lo que hice fue adaptarme, que cuesta mucho trabajo. Porque yo no sabía hacer comida de Almería, tuve una vecina maravillosa, que fue más que mi madre, ella me acogió con mis hijos, me enseñó a hacer de comer. Esta mujer me apoyaba en que tenía que trabajar porque mi marido era obrero, la construcción es temporal, incluso me buscó el primer trabajo que tuve en Almería. Cuidaba a una mujer, que me aceptó muy bien, era un poco rígida pero buena mujer. Hace 30 años que esta entrañable mujer se incorporó al mercado laboral. Desde entonces es envasadora de pimientos y, prácticamente, ha consagrado su carrera a Murgiverde. Recuerda sus inicios, como narra toda su historia en un tono neutro y con cierta chanza. “Cuando quise comprar mi primer piso, el director del banco me dijo que mi nómina no valía para nada, que cotizaba poco. Ni sabía lo que eran cotizaciones, no sabía lo que era el dinero en negro, ni nada. Entonces empecé a buscar almacenes.” “En el primer almacén que busqué trabajo la secretaria de la oficina me dijo que allí no trabajaban ni negros, ni moros, ni gitanos. Le respondí que había ido a pedir trabajo, no razas y me fui. Al día siguiente fui a otro almacén muy pequeño donde una gente maravillosa me dio trabajo, estuve con ellos 3 campañas”. Poco después empecé a trabajar en la empresa que estoy ahora, entonces se llamaba EjidoVerde, estrené con mis compañeras el almacén de Almerimar. La empresa es como si fuera mi casa, mis jefes son como mi familia. A día de hoy veo que Murgiverde es como si fuera algo mío porque me ha dado trabajo cuando más lo necesitaba. Cuando mi marido enfermó me cambiaron al almacén del Parador para estar más cerca de Almería, pensaba que me echarían y, sin embargo, siempre me decían que lo primero era mi marido. Soy la única negra del almacén. Hay mujeres que entran y me preguntan si no me da nada trabajar ahí y respondo: ‘A mí no, así mi jefe me ve desde el momento que entro por la puerta’. Entonces no me encuentro acomplejada ni en Almería, ni en mi trabajo, ni nada. Imagínate, todos los conductores de autobús me llaman rubia. En la época que empecé a trabajar a la mayoría de extranjeros no los metían en almacenes. Hace 30 años no me aceptaba nadie, así que cuando me abrieron las puertas con lo bien que se han portado conmigo, se me cae la cara de vergüenza de coger una baja y saber que aún puedo trabajar. La guineana está operada de una rodilla, la tibia y el peroné a causa de una mala caída en casa. Pasó 5 meses de baja para que los huesos soldaran. Es una mujer coqueta, echa de menos no poder llevar tacones por las lesiones y recuerda algunas anécdotas que la hacen sentir incómoda, como cruzar el aeropuerto para ver a su madre y que los guardas guineanos le tiren la broma de si no había compatriotas con los

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