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Ese loco que viste de blanco, el modisto Fabián Ozán

Andaba por la vida preso de la casualidad, paseaba por la ciudad y sus pasos guiaron el camino. Hace 20 años que el modisto y costurero, Fabián Ozán, llegó a Almería; «yo soy más almeriense que tú porque yo lo elegí y tú quizás no», dice desde el sillón de su despacho vestido de blanco impoluto y con la cinta colgada al cuello, como la profesión llevaba Lázaro.  Fabián había venido de vacaciones a ver a su hermano, era el quinto día de estancia al otro lado del charco cuando se dejó caer por el centro y vio un cartel donde necesitaban costurera y por casualidad encontró la oportunidad. Era la sastrería Hita quien fuera presidente del gremio de sastres de Almería cuando los hombres que se vestían por los pies llevaban la ropa a medida.  ¿Por qué siempre viste de blanco? Me preguntan más por qué visto de blanco que por mi oficio. Empecé por una cuestión de meditación y al final opté por comodidad. La película ‘9 semanas y media’ fue mi inspiración, la escena cuando ella abre el armario y todos los trajes son iguales me pareció genial. La ropa me satura y no necesito que me preocupe, todo el día estoy pensando como vestir a los demás. Tengo una boda me visto de blanco, voy al café con mis amigos me visto de blanco, tengo que ir a la escuela… Eso me aligeró la vida. Fabián se instaló hace casi una década en un edificio modernista de principios del siglo pasado en el centro de la Almería, comparte la estancia con su padre y un galgo blanco que protagoniza todas las campañas de moda del modisto. Desde la calle, las puertas abiertas del portal invitan a pasar y unas estrechas escaleras de caracol con la baranda de madera, que harían las delicias de un romántico, llevan hasta el primer piso donde se sitúa el taller. En la carpintería, en el suelo -incluso en los vidrios de las ventanas que tienen 100 años- se entraman la elegancia con la añoranza por el buen hacer de un oficio que rezuma detallismo.  ¿Cómo se dio el oficio? Mi padre hacía sastrería, uniformes militares para el estado. Él es mi referente de trabajo, me he criado en un taller.  Aunque el argentino dice que ser costurero nunca estuvo en sus planes, pero se le dio tan bien que lo convirtió en su medio de vida. Ahora a sus 57 años sueña jubilarse pronto y antes de que lo coja un achaque estudiar historia en Italia. Dentro del show room donde se muestra la colección conviven el mate, los bocetos de los diseños y un pequeño lugar donde Ozán medita. La estancia lo refleja metafórica y literalmente en grandes espejos de marcos barrocos dorados, en los grandes ventanales blancos, en los juegos de luces que convierten a la habitación en un lugar cálido.  Después de conocer sus orígenes familiares comprendo el gusto por los botones. Claro, ahí hacíamos las pulseritas de botones era la forma de entretenernos de niños. Había cajas llenas de botones, ahí te ponían con una aguja y un hilo largo y te tenía entretenido dos horas. ¿Cómo llegó a tener su propio taller? Me costó mucho tener mi propio taller. Primero, trabajé tres años con María Barragán pero tenía que volver a Argentina y cerrar puertas mentales. Cuando cerré todo lo que tenía que cerrar volví y ya no tenía mi trabajo porque Barragán no me quiso coger de vuelta porque había sido un impertinente, el único que se había tomado 1 mes de vacaciones en su empresa. A María la quiero mucho porque fue la primera que me dio trabajo cuando solo llevaba 5 días en Almería y siempre recordamos esta anécdota entre bromas. ¿En qué se las arregló entonces? Trabajé durante 3 temporadas cargando camiones en un almacén de El Ejido. Ni yo lo creo (dice entre risas), pero la pasé estupendamente, fue un trabajo maravilloso. Era muy divertido, en el lugar dando trabajé había 400 personas de todas las religiones y de todos lo países del mundo, eso era Babilonia. Allí te cotizaban todas las horas como horas fijas, entonces cuando te ibas era con un buen paro. Trabajábamos una burrada de horas, yo siempre me quedaba cuando acababa la jornada y trabajaba de 08.00h a 22.00h. Fue muy importante para mi, porque me relajé, me puse tremendo parecía que iba al gimnasio. Mi hermano me preguntaba: ‘¿Cómo aguantas ese trabajo?’ Porque nosotros siempre hemos tenido una vida fácil, pero me lo tomé como algo transitorio para un objetivo particular que era montar mi propio taller. Aprendí mucho de cocina internacional porque siempre te intercambias los platos de comida con la gente. Viví con un rumano y su mujer cocinaba muy bien, como no tenía tiempo para cocinar ella se encargaba de esta tarea. La verdad que la cocina rumana y argentina son muy parecidas. Después de estos tres años en el almacén abrí mi taller, empecé con los arreglos, es como todos los talleres empiezan y llegué a tener 40 tiendas. Éramos 8 personas trabajando, hasta que me hartó también eso y eché a todo el mundo y nos quedamos nada más que tres personas. Ahora trabajo para muy pocas tiendas y hemos cambiado el trabajo. ¿Antes tenía más la visión de costurero y ahora de modisto? Sí y en esto influyó mucho Susana Lirola. Ella me decía estás loco te vas a morir llevando 40 tiendas, mi teléfono no lo quería nadie, era todo el día sonando. Cuando abrieron el centro comercial de Torrecárdenas, llevaba los dos centros comerciales y de Almería. Fue poner un freo y me siento muy feliz. Dos chicos que se fueron de aquí montaron su propio taller, cogieron las tiendas que dejé. Me quedé con el trabajo a medida, unas pocas tiendas y algunos arreglos a clientes con quienes llevo 20 años trabajando. ¿Cuándo empezó Fabian Ozán como modista con su propia colección? Hace 4 años,

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«Una parte de mí se siente discapacitada, por eso apoyo la inclusión», dice la dueña de Ramona

Mariela es grande en el sentido amplio de la palabra, sus 20 años en España no se han llevado la cadencia del acento de Mar de Plata. Bajo su gorro blanco de chef escapan algunos mechones cortos rubios y canos, de mente inquieta con alma bondadosa, un ojo en el negocio y una mano tendida a quien la necesite. La toalla de playa que su padre le llevaba cuando visitaba a la familia en La Huelga (Sorbas), llevaron a esta española nacida en Argentina a tenerlo claro desde el parvulario. Su destino era Almería. Cuando terminé de estudiar en la escuela de cocina de Mar de Plata vivía en Tierra del Fuego, donde acaba el mundo, 20 grados bajo cero se los aguantan ellos. Me vine para Almería de visita porque aquí vivía mi familia. En 5 días tenía trabajo, todo fue fácil porque tenía la nacionalidad española por parte de mi papá. Él ya no está pero venía a ver a la familia. Fue uno de esos españoles que se fue en barco en la primera mitad del siglo pasado. A día de hoy, tengo a 3 hermanos de mi padre que llevan 30 años aquí. El desembarco en tierras almerienses no fue complicado, los retos vinieron después, cuando ya te sientes de aquí y el destino se encapricha con tener una conversación obligada. Fruto de ello es La Ramona, su buque insignia en el centro de Almería; un negocio y taller gastronómico que sitúa a la empanada argentina en la cumbre de su ser. “En pandemia estuve cerrada 180 días. En ese tiempo solo hice 900€, no llegaba para nada. Si la Ramona no hubiera nacido nos hubiéramos tenido que marchar.” La Ramona nació hace 9 meses, hay dos empleadas trabajando, una es Micka y la otra María. El negocio marcha al ritmo de 30 kilos de cebollas picadas en 2 días para hacer el relleno de las empanadas. Un riguroso Glovo y Just Eat son los ejes centrales sobre los que se sostiene el negocio. Un impulso que, en estos tiempos, solo lo permiten este tipo de plataformas. “María es una chica con discapacidad intelectual que viene unas horas por la mañana. En ‘Tu Chef talleres’ hemos estado volcados a dar clases de cocina con las personas con discapacidad intelectual; hemos trabajado con muchas asociaciones almerienses, como Salsido, A toda Vela, Dárata…” ¿Conocía a alguien con discapacidad? Mariela contesta con sus ojos claro helados en una sincera emoción, “es porque en una parte de mi vida me siento discapacitada también”, una pausa leve introduce unas palabras que tiemblan entre sus labios: “porque a veces me faltan algunas capacidades. Entonces creo que es incluirlos, hay gente muy valiosa y que puede hacer más de lo que nosotros pensamos”. A María la conocía porque durante 3 años estuve haciendo talleres en la ‘Asociación a Toda Vela’. Ella es una chica muy tímida, habla poco o nada, tiene grandes capacidades y hay que saber afinárselas también. Peló entre ayer y hoy casi 30 kilos de cebolla, medio llorando. A ella le sirve, pero a nosotros nos sirve más, ella necesite incluirse en el mundo laboral, ahora está de prácticas, pero si todo va bien… Todo es práctica, necesita coger rapidez, esto no lo va a hacer en su casa. ¿Cómo llegó Micka? En Navidad estaba a tope y necesitaba a una argentina que me ayudara con las empandas. Tenía que ser gaucha, que al menos hubiera hecho empanadas en casa, porque no tenía tiempo de pararme a enseñar a nadie cómo se hacían los repulgues. Así que la busqué por grupos de compatriotas en las redes sociales. Hacía solo un mes y medio que había llegado a España, después de la cuarentena, vinieron con una mochila de 8 kilos porque si no salía bien volvían. El azar les brindó una oportunidad y se quedó en Almería, una ciudad la cual no sabía ni situar en un mapa. Desde el otro lado de la barra de silestone Cosentino, su empleada Micka prepara empanadas a una velocidad pasmosa. Los pequeños bocados son en apariencia argentinos pero algunos llevan el corazón almeriense, como la chef que originó los rellenos. Aunque el local ha cambiado, “usurpado por La Ramona” guarda el encanto de lo que antaño fue escuela de cocina para niños. La cocina es amplia y se dispone a la vista desde el mostrador. Para el ojo observador, una fotos de Mar de Plata y el pueblo donde los progenitores de Mariela se conocieron, la unión hispano-italiana de la que nacieron dos hijos trasatlánticos, la reminiscencia, las raíces, los orígenes que se encuentran bajo el amor de un fogón. «Como me dice un hermano que me queda en mi patria, soy más española que Colón. Amo Almería desde que era chiquita.» Nuestra protagonista esboza una amplia sonrisa, una de esas que al ser fotografiadas inundan no solo un primer plano. Y es que tras el devenir del tiempo, surge el sentimiento irreparable para tantos migrantes…  El corazón se te convierte en trasatlántico, ¿cierto? Sí, porque mi mamá está del otro lado y mi hermano. Si el año que viene se puede, en enero después de las fiestas, voy a ir. Mi abuela tiene 92 años y la quiero ver. Había que salir por algún lado, la idea de las empanadas venía dando vueltas desde hace tiempo. En 2019 desde la cocina del Mercado Central trabajó junto a las actividades gastronómicas impulsadas por el Ayuntamiento de Almería, quien gestiona ese espacio. Aunque la chef recuerda que fue en el 2018, momento en el que Almería era candidata a capital gastronómica, cuando se encargó de su gestión. «Con ‘Tu Chef’ talleres de empanada, hemos estado en Fitur, Salón Gourmet, Andalucía Sabor…», explica la argentina con entusiasmo.  ¿Por qué ‘Ramona’? Este lugar es tu Chef talleres, pero Ramona le ha usurpado el sitio. Se llama así porque el nombre me parece muy español y porque cuando era pequeña en mi ciudad había una señora que se llamaba así y hacía empanadas. En cuanto al

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