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El Hipnotista Daniel Marmor

Daniel Marmor me hipnotizó online en segundos

La hipnosis es un proceso de atención focalizado en ningún momento va en contra de la voluntad Daniel Marmor, un Hipnotista con más de 20 años de experiencia, tardo menos de un minuto en introducirme al trance. Según Marmor todo hipnotiza; los políticos, los vendedores, los supermercados, tú que estás leyendo esto tremendamente interesado. Porque la hipnosis no es más que un estado de conciencia focalizado y ahora mismo tienes aquí tu atención.  “¿Qué me hubiera gustado hacer con mi vida?” Se preguntaba Daniel enfrentado un cáncer a vida o muerte. Quería ser mago y a sus 42 años empezó de nuevo compaginando horas de taxi y distribuidor de bollería con sus espectáculos. Pasaron 10 años hasta que se profesionalizó como hipnoterapetura. Hoy vive de las formaciones, ha abierto las puertas de esta milenaria técnica a más de 1.500 personas en solo un fin de semana que dura la formación.  Daniel tiene 61 años, lleva sus redes sociales y hace giras como un Rolling Stone. Allá donde va lo esperan grupos de alumnos, la próxima fecha será 21 y 22 de marzo en Sevilla. Puedes seguirlo en su Instagram @daniel_marmor_hipnosis. Y aunque puede curar traumas, ayudar a dejar de fumar o perder peso, Daniel insiste en que no es una técnica médica.  La hipnosis es una técnica milenaria que ha acompañado a la humanidad desde mucho antes de que tuviera nombre. Desde los rituales de sanación del Antiguo Egipto, los templos de sueño en la Grecia clásica o las prácticas chamánicas basadas en el ritmo y la palabra, hasta su estudio científico a partir del siglo XVIII con Franz Anton Mesmer y su posterior consolidación clínica en el siglo XIX y XX con figuras como James Braid o Milton Erickson, la hipnosis ha sido utilizada como una vía para acceder a estados profundos de conciencia y facilitar procesos de cambio y sanación emocional. Daniel, para empezar por lo básico, ¿cómo definirías la hipnoterapia? La hipnoterapia es un proceso de sanación emocional a través de la hipnosis. Básicamente, consiste en acceder al inconsciente de la persona para trabajar bloqueos, miedos, traumas o patrones que están ahí guardados y que muchas veces condicionan nuestra vida sin que seamos conscientes de ello. Muchas personas asocian la hipnosis a espectáculos donde la gente hace cosas ridículas. ¿Eso es hipnosis real o solo show? Es hipnosis real, pero aplicada al espectáculo. No es un truco de magia. No hay trampa. Lo que pasa es que en el show se utiliza con un fin lúdico. Aun así, la persona nunca pierde el control. Nadie hace nada que vaya contra sus principios éticos, morales o religiosos. De hecho hipnotizaste al influencer Ibai Llanos y todo su equipo.  Sí, lo recuerdo como un momento muy divertido. Ellos me contactaron y yo ni sabía quienes eran, les dije que me esperaran una semana, me esperaron y ese vídeo tiene casi cinco millones de vistas en YouTube.  Entonces, ¿no se puede obligar a alguien a hacer algo que no quiere? Exacto. Eso es uno de los grandes mitos. La hipnosis no es inconsciencia. Es un estado de conciencia focalizada, como cuando estás viendo una serie y estás tan metida que el resto del mundo desaparece. Si yo te digo que te tires por la ventana, no lo harías. El inconsciente tiene un instinto de supervivencia muy fuerte. ¿Cómo funciona técnicamente la hipnosis? Hay muchas técnicas. Yo trabajo con sugestiones rápidas o fulminantes. A diferencia de la hipnosis clásica o ericksoniana, que puede llevar media hora de inducción, mi método es directo. En segundos la persona entra en trance. En ese estado hablamos directamente con el inconsciente, que no analiza ni filtra la información como la mente racional. Has dicho que todo el mundo hipnotiza de alguna forma. ¿A qué te refieres? A que vivimos rodeados de sugestión. Los vendedores, los políticos, la publicidad… todos utilizan técnicas de sugestión. La hipnosis se basa en eso, en guiar a la mente hacia un estado determinado. La diferencia es que en hipnoterapia se hace de forma consciente y con una intención terapéutica. ¿Alguna vez se ha dado una situación desagradable durante la hipnosis? Hay gente que llora al llegar al origen de sus traumas, a esto lo llamamos un proceso catártico. Pero yo tengo el control de la sesión y si la persona lo está pasando mal simplemente le digo duerme.  ¿Para qué tipo de problemas funciona la hipnoterapia? Funciona para fobias, ansiedad, miedos, bloqueos emocionales, duelos, dejar de fumar, bajar de peso, dolor físico, creencias limitantes… No es magia, pero la efectividad supera el 80%. Eso sí, siempre digo lo mismo: no hay garantías absolutas, porque es un proceso colaborativo. La persona tiene que dejarse guiar. ¿Podrías explicar cómo se trabaja una fobia, por ejemplo? La mayoría de las fobias tienen un origen en la infancia. Con hipnosis llevamos a la persona al momento donde se generó ese miedo. Una vez allí, resignificamos el recuerdo. Cambiamos la carga emocional asociada. Entonces, cuando el cerebro vuelve a enfrentarse al estímulo, ya no encuentra el miedo al que agarrarse. ¿Hay personas que no se pueden hipnotizar? Sí. Personas con esquizofrenia, Alzheimer, demencia, enfermedad mental, o bajo los efectos de drogas, alcohol o medicación psiquiátrica fuerte. La hipnosis requiere que la persona pueda seguir instrucciones y mantener un cierto nivel de conciencia. ¿Cómo llegaste tú a la hipnosis? A través de una experiencia muy dura. En 2007 tuve un cáncer grave. Pensé que me moría y me pregunté qué me habría gustado hacer en la vida. Siempre me había atraído la magia. Cuando me dieron el alta, me hice mago. La magia me llevó a la hipnosis, primero como espectáculo y después como herramienta terapéutica. Descubrí que funcionaba y ya no hubo vuelta atrás. Has tenido una vida muy diversa antes de dedicarte a esto. Muchísima. He trabajado en distribución, en empresas como Bimbo, fui taxista, mago… Soy argentino y vivo en Barcelona. Todo eso me ha dado mucha calle y mucha humanidad, algo

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Truco Rumano el influencer con más de 2M de seguidores que no deja su trabajo en la obra

Valentín por Jordi Kaita Matas Migración, humor y oficio en la trayectoria de un creador que crece en redes sin dejar su trabajo Valentín llegó a España con 16 años, dos euros en el bolsillo y una sola palabra en español: “hola”. Hoy es conocido como Truco Rumano, suma casi dos millones de seguidores en sus redes sociales, un creador de contenido que ha convertido el humor cotidiano, la experiencia migrante y el trabajo manual en una marca personal reconocible en redes sociales. Su crecimiento no ha sido fulgurante ni impostado: ha sido constante, orgánico y profundamente ligado a su biografía. En esta conversación habla de inmigración, redes sociales, precariedad, fama, trabajo y del precio real de triunfar en internet. Tus primeros vídeos se hicieron virales con el tema del gasoil en garrafa. ¿Cómo nace esa idea? Fue totalmente improvisado. Me mandaban el gasoil en garrafa y se me ocurrió grabarlo por todo lo que me estaban diciendo. Decían que si lo había robado, que mira lo que estaba haciendo y yo grabé ese contenido como si fuera real. En vez de echarlo todo de golpe así tenía más vídeos, uno cada semana más o menos. Al principio funcionó muchísimo, fue como un pelotazo, pero luego la gente empezó a darse cuenta de que era broma y ese formato se agotó. ¿Te preocupaban los comentarios cuando empezó a crecer el canal? Muchísimo. Sobre todo los comentarios de odio relacionados con mi origen rumano. Aunque tú expliques que algo es humor, hay gente que se lo toma como si fuera real y te machacan. Eso te limita mucho a la hora de crear contenido, empiezas a pensar “esto no lo digo, esto no lo hago”. ¿Ahora piensas el contenido en función de lo que va a gustar? No. Yo veo cualquier cosa y me sale el vídeo. No planifico ni edito casi nada. Grabo y subo. No tengo tiempo ni ganas de pensar demasiado. El contenido me sale solo. El humor es una constante en tus vídeos. Para mí el humor es el puente más corto para unir culturas. Siempre intento sacar algo positivo de lo negativo y, si es con humor, mejor. Es mi manera de vivir y también mi contenido. Llegaste a España en 2004 siendo menor. ¿Cómo recuerdas ese momento? Llegué con 16 años y sin avisar a mi hermano, un 21 de junio, no se me olvidará nunca. Era otro tipo de inmigración. Antes no se preguntaba por ayudas ni por política, se preguntaba dónde había trabajo. Yo solo sabía decir “hola” y aprendí el idioma trabajando, cuando tienes hambre aprendes rápido. ¿Fue difícil regularizar tu situación? Muchísimo. Vivía en una nave, no salía ni a comprar pan por miedo a que me pararan. Dependías completamente de que el jefe quisiera hacerte los papeles. Aguantabas, te callabas y esperabas. Nada que ver con lo de ahora. ¿Alguna vez te han hecho truco rumano? Siiii, sobre todo cuando era menor de edad. Recuerdo una vez en Tíjola estábamos cogiendo aceitunas y nos pagaban por kilos. Un amigo y yo nos matábamos a trabajar, pero la pesada del remolque era muy poco, quien nos contrató no nos enseñaba la pesada de la almazara sino un papel que había escrito él a mano. Cuando me enteré que nos había timado casi me lo como, pero que qué íbamos a hacer.  Has dicho que solo has vuelto una vez a Rumanía en más de 20 años. Sí, y a los tres días ya echaba de menos España. Aquí tengo mi vida, mi casa, mis amigos. Todo lo que tengo aquí no lo habría tenido en Rumanía ni en cuatro vidas. Te has hecho la nacionalidad española y eso te ha generado críticas. Muchísimas. Me han llamado traidor. Pero hay que ser práctico. Mi madre es mayor, vive en un pueblo pequeño y  cada vez que necesito hacer un trámite ella tiene que mover un mundo. Yo ya no tengo vida allí. Aquí sí. Era una cuestión práctica. En redes has crecido mucho desde 2023, pero dices que no quieres “pegar el pelotazo”. Porque he visto a muchos subir muy rápido y caer igual de rápido. Yo prefiero crecer poco a poco. Cada día tengo más seguidores, no menos, y eso me da tranquilidad. Mucha gente cree que vivir de redes es ganar dinero fácil. Es mentira. Yo soy autónomo por Facebook, pago impuestos. La fama cuesta más de lo que la gente piensa. Tu collar de cobre es uno de tus símbolos  Así es me han ofrecido hasta 7000€ por él, pero no lo vendo porque tiene un gran valor sentimental. Sigues trabajando como carpintero metálico y animas a los chavales a que aprendan un oficio. Claro. Yo no he dejado de trabajar nunca. A veces llego a una obra y me dicen “pero si tú ya eres famoso”. Ojalá. Yo trabajo desde 2015 en la misma empresa y mi jefe me ha enseñado un oficio. Eso es lo importante. Has pasado por muchos trabajos desde joven. Camionero, carpintero metálico, feriante, campo… de todo. Y en todos lados hay gente buena y gente que te engaña. Pero si te paras a quejarte, no avanzas. ¿Te ha cambiado la vida la visibilidad? Sí, la gente te reconoce, te pide fotos, pero yo sigo siendo el mismo. No vivo para posturear. Muchas cosas que se ven en redes son mentira, puro teatro. Ahora cuando llego a un sitio a trabajar lo primero que digo es: “aquí está Truco Rumano, ¿quién quiere una foto?” Y después trabajo tranquilo.  Por ahí en tu rincón entre el truco rumano y gambita for you veo que tienes muchos trofeos. Sí hay uno que me hizo especial ilusión ganar porque no me lo esperaba fue en la ciudad de las artes y las ciencias de Valencia, todo era precioso. Yo estaba con la demás gente, no estaba en el palco VIP aunque estuviera nominado y de repente me dieron el premio al mejor influencer de humor IZ

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Jonas Böhlmark

3 años remando por Europa como forma de vida, de fe y de resistencia: Jonas Böhlmark

El último vikingo que cruzó Europa a remo y convirtió la vulnerabilidad en su mayor fuerza Durante más de tres años, Jonas Bölhmark (Suecia, 1990) ha avanzado por la costa europea sobre una tabla de paddle surf, empujado únicamente por su cuerpo, el ritmo del mar y una convicción difícil de explicar con palabras. Partió desde el norte, cerca del Círculo Polar Ártico, sin un plan cerrado, sin patrocinadores y sin la certeza de llegar. Solo sabía una cosa: no quería volver atrás. Su travesía no es solo una proeza física. Es una forma de vida construida a base de confianza en los desconocidos, noches al raso, reparaciones constantes y silencios largos en el océano. También es un viaje profundamente interior. Jonas convive con el trastorno bipolar desde los 19 años y ha decidido hablar de ello sin épica ni romanticismo, como parte inseparable de su historia. Con medicación, disciplina y deporte, ha encontrado en la naturaleza un espacio de equilibrio y sentido. En esta conversación, Jonas no habla de récords ni de heroísmo. Habla del miedo, del cansancio, de la fe en la gente buena y de lo que ocurre cuando una persona se sale del sistema y aprende a remar —literal y metafóricamente— a contracorriente. Porque, a veces, avanzar no tiene tanto que ver con llegar como con no dejar de moverse. Jonas, llevas más de tres años avanzando por la costa europea sobre una tabla de paddle surf. ¿Recuerdas el momento exacto en el que supiste que este viaje iba a cambiar tu vida? No lo sabía. De verdad. Yo no empecé pensando: “voy a cruzar Europa”. Al principio solo quería remar hasta Gotemburgo. Luego seguí. Y seguí. Cuando llegué al océano Atlántico ni siquiera había estado nunca antes en mar abierto. Fue avanzando, sin planes, sin GPS, sin patrocinadores. Creo que el cambio vino cuando entendí que no había vuelta atrás, que esto ya no era un viaje, sino mi forma de vivir . En tus vídeos hay un momento muy duro: lloras frente a la cámara y dices que no sabes si vas a volver. ¿Pensaste en abandonar? Sí. Paré. Dos veces. La primera fue en Francia. Estaba roto física y mentalmente. Lloré mucho. Me quedé dos meses viviendo en casa de una mujer mayor que me daba de comer y me llevaba al hospital porque tuvieron que practicarme una cirugía para extirparme un quiste que me salió debajo de la mandíbula. No tenía nada. Ni dinero. Ni fuerzas. Pero después de dos semanas volví al agua. No porque fuera valiente, sino porque no sabía hacer otra cosa . Has hecho esta aventura sin grandes marcas detrás. Sin logos. Sin campañas. ¿Eso fue una elección? Totalmente. Si tienes dinero, sponsors, equipos… es más fácil. Pero yo quería confiar en la gente. En los desconocidos. Esta aventura solo existe porque personas que no me conocían me dieron comida, un sofá, una operación médica. Eso vale más que cualquier contrato. ¿Cómo surgió esta aventura de llegar desde Suecia a Gibraltar? Estaba en una aventura con mi mejor amigo, Axel, durante un mes esquiamos cerca del círculo polar ártico y en un momento dado para cruzar un río necesitamos un paddle así surgió un poco la idea. Mi primera meta era llegar a Escocia, pero con el tema del Brexit era un poco complicado. Decidí seguir adelante y llegar hasta Gibraltar. Cuando cumplí esta meta continué más y ahora estoy aquí en Cabo de Gata. Hablas mucho de la naturaleza, casi como si fuera una religión. Lo es. Cuando pasas años solo en el mar, empiezas a pensar diferente. Si cuidas la naturaleza, ella te devuelve energía buena. Mi fe es esa. No quiero destruir más. Por eso reparo mi tabla una y otra vez. No necesito comprar cosas nuevas. La naturaleza no necesita más consumo . Has dicho que tienes “objetivos egoístas”. ¿Cuáles son? Me encanta la aventura extrema. Las olas grandes. Dormir al aire libre. La libertad. Eso es egoísta, sí. Pero también es deporte. Al principio comencé dando la vuelta a la península escandinava. Hice 25 maratones, una cada día, también fui en bici, pero era más inseguro y pesado. Para mí es un reto más difícil que jugar en el Real Madrid. ¿Qué llevas contigo en la tabla? Casi nada, no llevo ni calzoncillos, solo uso unos shorts para navegar. En la bolsa estanca llevo mi portátil, el móvil, mi cartera y ya está. Cada noche duermo sobre la ropa que la gente me da y ha llegado un punto en el que no puedo dormir bajo techo. No concibo esta aventura sin dormir en la naturaleza.  Durante el viaje has tenido graves problemas de salud. Dos operaciones. Una en Francia y otra en Santander. En una de ellas pensé que podía ser cáncer. No tenía dinero para una clínica privada, y una persona que acababa de conocer pagó la operación. Eso te cambia para siempre. Te das cuenta de que no estás solo, incluso cuando lo estás. También hablas abiertamente de tu trastorno bipolar. ¿Por qué decides hacerlo público? Porque el silencio mata. Tuve mi primer episodio con 19 años y otro con 30. Ahora tengo 35. Tomo medicación todos los días. Entreno. No bebo alcohol. La aventura no sustituye a la medicina, pero para mí la naturaleza y el deporte son la mejor terapia. No soy médico, no doy consejos, solo cuento mi vida. ¿Cómo haces para obtener la medicación? Cada tres meses me reúno con mis padres y ellos me traen mi medicación. Pero ahora estoy en un punto delicado porque no sé cómo seguir avanzando, estoy tan fuera del sistema y mi mente ha cambiado tanto durante el viaje que no podría volver. Para continuar con un viaje así necesitas ser millonario y provengo de una familia normal.  Has escrito un libro sobre ello y en patreon también te podemos seguir para patrocinarte.  Sí. Lo escribí en sueco. Son unas 300 páginas. Habla de mis ciclos, del miedo, de

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Repartir a los 76, sin sueldo y sin alta: la Navidad invisible de un rider de Glovo

Irregularidades llevan al repartidor más veterano de Glovo a no cobrar y no estar dado de alta Neuro pasó la Navidad sin cobrar. A sus 76 años, mientras repartía comida en moto por las calles de Roquetas de Mar, trabajó durante semanas sin recibir salario alguno. Ni en Nochebuena, ni en Año Nuevo, ni en Reyes llegó el ingreso que esperaba. No fue un descuido puntual, sino la consecuencia de una cadena de irregularidades laborales que lo dejaron, sin saberlo, trabajando sin estar dado de alta en la Seguridad Social. Su historia no es solo la de un abuelo repartidor, sino la de una vejez atravesada por la migración, la precariedad y un sistema que no siempre protege a quienes más lo necesitan. La realidad salió a la luz cuando acudió a la Seguridad Social para reclamar el pago de una baja médica de siete días. Allí le informaron de que su última alta databa de finales de junio. Desde entonces había estado trabajando sin estar dado de alta, aunque Glovo le descontaba mensualmente la cotización en nómina. La confusión se agravó por un cruce de datos con su hijo, que se llama igual y también trabajaba en la empresa. A esa irregularidad se sumó lo más grave: dos meses completos sin cobrar salario. Neuro pasó la Navidad, el Año Nuevo y los Reyes sin ingresos, mientras seguía repartiendo comida. Solo tras la intervención sindical y la amenaza de denuncia, la empresa abonó los atrasos y solicitó de nuevo la autorización necesaria para contratarlo legalmente. A día de hoy, su situación sigue siendo frágil y dependiente de resoluciones administrativas. Cruce de caminos Nuestro primer encuentro fue casual, en pleno verano, bajo un sol que rozaba los cuarenta grados. Neuro buscaba una dirección con gesto cansado, enfundado en la mochila amarilla de Glovo. Al abrirle la puerta, intercambiamos unas palabras y su acento venezolano llamó la atención. “Me llamo Neuro y tengo 76 años”, dijo con una sonrisa serena, como si la edad no fuera un dato extraordinario para alguien que repartía hamburguesas en moto. Días después, aceptó sentarse a tomar un café y contar su historia. Neuro nació en Maracaibo, en una Venezuela que hoy parece irreconocible. Creció en un entorno humilde pero fértil, donde la tierra daba alimentos y el trabajo era una constante desde la infancia. Aprendió mecanografía, secretariado y pasó por numerosos oficios. Con los años prosperó: tuvo negocios, taxis, licorerías y pudo llevar a sus hijos a Disney en dos ocasiones. Pero esa vida empezó a desmoronarse a partir de los años dos mil. La delincuencia se multiplicó, le robaron vehículos y sufrió un secuestro que marcó un antes y un después. En 2016, la familia comenzó a emigrar. Pasaron por Colombia y Panamá. En este último país, Neuro perdió todos sus ahorros en una estafa y vivió prácticamente encerrado por miedo. En Colombia, repartiendo comida a comisión, recibió otro golpe: un diagnóstico de cáncer de próstata agresivo. Logró tratarse y curarse, pero su situación económica seguía siendo crítica. En 2022, con ayuda de su familia, consiguió reunir 1.300 euros y viajar a España para reunirse con su hijo en Roquetas de Mar. La jubilación no alcanza La jubilación venezolana que recibe hoy es de apenas siete euros al mes. “No alcanza ni para un kilo de carne”, explica. Por eso, a una edad en la que muchos esperan descanso, Neuro siguió trabajando. Compró una moto y empezó a repartir comida para Glovo. Al principio lo hizo de forma irregular, alquilando una cuenta y cediendo parte de sus ingresos. Jornadas de hasta doce horas diarias, sin descanso y sin derechos, se convirtieron en la norma. Su situación mejoró cuando entró a trabajar con una flota intermediaria que gestionaba repartidores para Glovo. Allí tuvo, por primera vez, un contrato legal, un salario digno y un horario adaptado a su edad: 30 horas semanales, descansos y un trato humano. Para contratarlo fue necesario solicitar una autorización especial a la Seguridad Social, ya que superaba la edad legal de jubilación. La autorización fue concedida y Neuro volvió a sentirse trabajador “de verdad”. Pero el equilibrio duró poco. El Ministerio de Trabajo obligó a Glovo a eliminar estas flotas por considerarlas empresas pantalla y a absorber directamente a los repartidores. La plataforma se comprometió a respetar los contratos existentes, pero en el caso de Neuro algo falló. Durante meses siguió trabajando con normalidad, recibiendo nóminas y cumpliendo horarios, convencido de estar dado de alta. Muchos jubilados trabajan en España Neuro no es un caso aislado. Su historia refleja una realidad creciente: personas mayores que continúan trabajando más allá de la edad de jubilación, especialmente en sectores precarizados como el reparto a domicilio. En España, el número de afiliados a la Seguridad Social en edad de jubilación se ha duplicado en los últimos años, alcanzando la cifra récord de 76.595 en 2025, según la Seguridad Social. Detrás de esos datos hay historias de migración tardía, cotizaciones insuficientes y necesidad económica. Neuro no tendrá la oportunidad de cotizar lo suficiente para cobrar una paga contributiva, pero en realidad el sólo quiere trabajar.  A pesar de todo, Neuro no se define como una víctima. Dice que si no trabaja “se vuelve loco”. Juega dominó, envía mensajes de ánimo y bendiciones por WhatsApp y sigue ayudando a su familia, tanto en España como en Venezuela. “Hasta que el médico me diga que no puedo más”, repite. En la moto, enfrentando el sol y el viento, Neuro encarna una paradoja incómoda: un sistema que necesita trabajadores disponibles, pero no siempre garantiza derechos básicos. Un abuelo repartiendo comida que no pide caridad, solo que trabajar no signifique desaparecer de los papeles… ni pasar otra Navidad sin cobrar. COMPARTE POST ANTERIOR ÚLTIMAS HISTORIAS Fran: familia, feria e igualdad Melanie Lupiáñez23 de diciembre de 2022 Ilan Wolf aprendió fotografía con una cámara que sobrevivió a los nazis Melanie Lupiáñez28 de agosto de 2022 Los mejores mojitos de Cuba están en El Ejido Melanie Lupiáñez27 de junio de

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Fran: familia, feria e igualdad

Mendes es más roquetero que yo y eso se nota en que ha ido a colegios e institutos del pueblo, que conoce a la gente del barrio que pasa a saludar mientras hablamos y en su acento, el acento es muy importante te ubica geográficamente. “¿Tú eres español, me refiero has nacido aquí?” Le pregunté cuando lo vi por primera vez, él sonrió y afirmó pacientemente, mientras una pequeña mano me aproximaba una ficha para la atracción, sostenía a su hija mayor en los brazos. Me fui pensativa porque es noticia que un hombre negro sea feriante, pero sonaba muy racista. Entonces vi que era el sueño americano hecho en Almería, es decir la igualdad de oportunidades para todos los individuos. El día acordada el feriante estaba con su sobrino Ángel en la pista de coches de choque para niños que su suegro compró para ellos cuando él y su pareja Isabel se casaron. Miraba a Fran que respondía a las preguntas de forma escueta, me decía: “pregunta si tú estás acostumbrada a esto…”. Si este man supiera el nudo que yo llevaba porque me sentía tan racista al señalarlo como el negro feriante. La discriminación por definición es excluir a un grupo por una característica que los homogeneiza, por ejemplo excluir por edad, por color de piel, por sexo, religión. Fran me dio claves que no habría ni soñado, como que el boxeo encauza la vida.  “¿Tú eres de aquí de toda la vida?” Me pregunta Fran y respondo un “claro” alargando la “a” como buena almeriense, él se queda sorprendido porque mi cara no le suena de nada. Gracias a mi memoria de elefante conseguí ubicarlo en el Puerto de Roquetas, era el sitio donde íbamos todos los adolescentes a tomar café, además hablé de un carismático conocido en común, Lamine Sarr, soberano personaje roquetero. Su nombre completo es Fran Mendes, sus padres vinieron a esta tierra desde Guinea Bissau y él nació aquí en el año 1995, fue al colegio Juan de Orea y al instituto Turaniana. Era mal estudiante, pero tenía un precoz autoconocimiento sabía que si seguía el camino académico iba a malear, así que a los 13 años pidió trabajo en la feria con la hermana de quien ahora es su suegro. “Ángel tú aquí al lado mía, te quedas con el Tito Fran” yo sonrío toda feliz por fuera y por dentro, porque me están pegando campanazos los prejuicios en la cabeza al ver a un niño blanco con un tío negro, me emociona la calidez del ser humano. ¿Cómo conociste a tu mujer? Yo la conozco de siempre, era un sinvergüenza pero me metí a trabajar en la feria y ahí la conocí. Me puse a trabajar con su tío, entonces conocí al hermano de mi mujer que es un año mayor que yo y así. Ella es más grande que yo… cuando me puse grande, fuertecico, chulito, ya se fijó en mí, empecé a rascar. Creo que son de esas personas que se merecen una cámara porque es difícil expresar con palabras la cara que pone cuando habla de Elisabet, yo quería hablar con ella para escuchar su versión de la historia, porque siempre recuerdo a mis abuelos paternos cuando contaban como se conocieron y siempre tenían esa chispa en los ojos, la misma que vi en Fran. Ya le tenías el ojo echado Buah, de toda la vida, tenía 13 años cuando la vi. Cuando eres más pequeño se nota el tamaño, empezamos a salir cuando yo tenía 21 años. Para ti era la hermana guapa de tu amigo Claro, era una muñeca Toma su Instagram me muestra fotos, son una familia muy guapa. Empecé a trabajar en la feria a los 13 años, no quería estudiar, yo era un guerrillero. Sabía que en el instituto iba a ser un sinvergüenza y me puse a trabajar en la feria. Yo sé cómo yo soy. ¿Con 13 años qué hacías, apretabas tornillos? Eeeeh, TRABAJAR, y esto es duro, pero lo prefería a estar estudiando. Era flaco, flaco, chiquitito, pero los convencí para que me metieran a trabajar, me probaban, me metían caña a ver si me iba, pero no. Soy muy duro para el trabajo. ¿Cuántas horas echabas de chico? No había hora, aquí no hay hora. Imagina el último día de feria, terminas a las 6 de la mañana, desmontas y tienes que ir a otro pueblo, montar y abrir. Hay ferias que no paramos. Bueno entonces tú te tenías a los suegros camelados Estaba con la hermana de mi suegro, pero me conocían, saben que puedo ser muy guerrillero con otros niños, pero con las personas soy muy educado. Mi suegro es franquista a tope pero mira le he dado unas nietas que ha flipado, guapísimas, está que no caga con ellas. Yo me río y él dice: “es verdad”, no lo dudo lo más mínimo, es que su sinceridad sin filtros me llega al corazón.  La feria es muy familiar Claro toda esta feria es de mi suegro, nosotros nos hemos casado y nos ha dado un negocio, compró una atracción a cada uno de sus hijos cuando se casaron. Mi cuñada tienen una hoya, mi cuñado una rana, la otra cuñada un espectáculo de té. Hacemos recorridos por Almería, Granada y Murcia. La feria de la Navidad que tenemos aquí es para no estar parados, la llamamos plaza muerta porque se hace poco. En la feria el hombre y la mujer van siempre juntos, aquí no se puede hacer trampa. ¿Cómo empezaste en el boxeo? Yo era muy peleante, quería pelear desde pequeño mi padre me llevó a Almería buscar gimnasios pero como era pequeño no podía ir solo todos los días en bus para Almería. Uno de mis amigos fue al reformatorio de Los Molinos y allí conoció a Blas, un guardia del centro, quien le dijo a mi amigo que yo fuera con él a pelear. Empecé a boxear en el gimnasio Gladiator que

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Ilan Wolf aprendió fotografía con una cámara que sobrevivió a los nazis

A los veinti pocos se mudó a Amsterdam para fotografiar modelos, el mundo estaba por descubrir y llevaba en el ADN los genes de la diáspora judía. Ha hecho fotos utilizando la luz de luna y su obra se reparte entre Paris, Berlín, Israel, New York… hoy desde  Almería cuenta cómo una vieja cámara que su padre salvó de los nazis fue el origen de todo.   Ilan Wolff (1955, Israel)es un reconocido representante de Cámara oscura en su trabajo utiliza latas, cajas e incluso su propia furgoneta para tomar fotografías. Cuando se inició en 1981 apenas había documentos, «pensaba que estaba solo en el mundo». Wolff ha desarrollado la técnica de forma peculiar y personal. Es el único fotógrafo que ha hecho un fotograma con luz de luna llena de 30 metros de largo y 127cm de alto en el que participaron casi una treintena de personas.  Pin hole, cámara oscura, cámara estenopeica aunque tiene diversos nombres es  el principio básico de la disciplina cuyo padre es Da Vinci. Solo se necesita una caja oscura, un punto de luz, un papel fotosensible y mucha imaginación. “El círculo se cierra”, dice Wolff emocionado. El fotógrafo contempla desde el otro lado de la vitrina la cámara con la que su padre dejó  Alemania por la ocupación nazi y buscó una nueva oportunidad en Palestina. Moshe Wolff había vendido todas sus pertenencias para comprar aquel objeto y en la aduana se la jugó al esconder la cámara en la maleta porque los judíos solo podían salir con lo puesto, Ilan se tira de la camiseta para contextualizar.   Aquella reliquia había permanecido en el Museo Judío de Berlín junto a las instantáneas que Moshe Wolff había tomado. Allí dio una serie de conferencias y en un proyecto conjunto Ilan representó los escenarios que su padre había captado años antes a través de la cámara oscura. “Mi padre decía ¿esto qué es Ilan?, pero las fotografías están mal ”, se ríe el artista.   Entre las capturas; ruinas de ciudades italianas desoladas por la II Guerra Mundial, retratos con un gusto propagandista de su familia judía en New York, un autorretrato en un espejo y la propia ciudad de Hamburgo donde había vivido antes de dejarlo todo. El vínculo con esa pertenencia trasciende los entresijos de la vida. Porque con aquella Baldina Ilan Wolff dio sus primeros pasos en la fotografía, e inició estudios en el instituto de Artes de Haifa en Israel. “Mis compañeros me decían ¿Ilan pero dónde vas con eso?, algunos llevaban estas Hasselblad de última tecnología”, recuerda divertido el fotógrafo. En aquella vitrina alojada en el recibidor de la casa se exhiben cámaras y, objetos con una historia inspiradora. Instantáneas de los familiares del matrimonio, fotos de principios del siglo XX coetáneas en el tiempo, distantes geográficamente que hoy se encuentran en un espacio museístico privado. De la trayectoria de Ilan Wolf, de cómo cambió Amsterdam, París, New York por un pequeño pueblo en Almería tuve una tarde de relatos, anécdotas, risas, técnica, amor por el trabajo, cactus en la terraza de una calurosa tarde de verano y vino blanco. Puedo decir que no cualquiera abre las puertas de su casa sin miedo a las cuestiones que puedan plantearse.  Disfruté del placer de adentrarme en el archivo con rollos en estantes que atesoraban imágenes únicas, cual rata en biblioteca de Alejandría, emocionada por el privilegio de ocupar aquel lugar único. Me sorprende el material, el peso de la obra, masa física y espiritual, el legado de un artista. Yolanda Domínguez, su pareja, me cuenta que los vecinos no saben muy bien a qué se dedica Wolff con todas esas cajas por todas partes, una furgoneta destartalada en la puerta y sus ojillos inquietos siempre en la búsqueda y el descubrir, la magia del revelado, el olor de los químicos, la procesión de los haluros.  El fotógrafo de las latas de pintura “Terminé los estudios y me fui a Amsterdam en el año 1982, no esperé a mi diploma, en aquella época era una ciudad de artistas y daban muchas ayudas a proyectos culturales. No sabía que me iba a dedicar a esto, mi idea era ser asistente fotográfico y trabajé como fotógrafo de moda un año, pero no me llenaba. Siempre estaba haciendo collage con las fotos y cosas, hasta que recordé aquella vez que vimos la cámara oscura en la escuela. Llamé a mis padres y les dije que me enviaran el material, el papel fotográfico”, así fue como a través de una técnica centenaria Wolff descubrió su vocación.   En el año 1984 la Biblioteca Nacional de París se hizo con una de las fotografías de Wolff, el propio artista reconoce que este acto marca su profesionalización. “Mi carrera comenzó en París, pensaba que estaba solo en el mundo, fui a preguntar porque en aquel tiempo era la biblioteca con el mayor archivo fotográfico y me compraron mi foto. Hasta entonces no había pensado que tenía que vender mi obra. Allí hice mi primera exposición personal. Cuando me encargaron mi primer proyecto y vieron las lata de pintura que utilizaba para hacer mis fotos se quedaron en shock”.  A través de la estenopeica el octavo arte vuelve a su forma primigenia, a su definición etimológica; pintar con luz y se desprende del celofán que la envuelve entre objetivos y lentes. Convertir lo ordinario en extraordinario, es el arte del mimo, como recortar el espectro de luz visible es la fotografía.  ¿Cuándo  empezó a vivir de su obra personal? En el 1992 el Cité Internationale des Arts me dio carta blanca para hacer el proyecto que yo quisiera. Entonces viví 10 meses dentro de la cámara, transformé el estudio en una cámara obscura, pedí a la secretaria la taladradora para hacer los agujeros por donde entrara la luz en las ventanas. Fue una performance en la que primero estaba yo solo y después involucraba a mis amigos en el papel se representaban dos realidades; el mundo exterior y

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Los mejores mojitos de Cuba están en El Ejido

Jacqueline es el Cubanito y el Cubanito es Jacqueline Prepara los mejores moijtos de Almería, llevó al Poli Ejido cuando subió a segunda división en un antiguo galeón desde Almerimar a Balerma, aprendió a caminar de nuevos a los 51 años. Se crió en una humilde casa de madera al otro lado del Atlántico y por amor llegó a esta tierra. Jaqueline se instaló hace 27 años a El Ejido y se quedó para dejar su legado, para traer una parte de Cuba a Almería. El Cubanito, es su negocio y ella es el Cubanito.   Una mujer con las manos curtidas, la mirada fuerte y la narrativa elocuente. Se ríe y junta las manos dando una palmada, una de sus dos hijas se acerca: “Mamá cuéntale cómo conociste a Gonzalo”. Poco a poco comienza su relato son 53 años de trabajo duro, sin amedrentarse, atenta a cómo hacían crecer su economía los clientes que la impulsaban a ser más grande. La historia empieza a desgranarse a sus primeros veinte, Jacqueline trabajaba en un barco como animadora en la tierra que la vio nacer, allí conoció a Gonzalo Mere Rodríguez, un asturiano por quien cambiaría el curso de su vida. Quedó embaraza a los 16 años y a los 18 tuvo a su segunda hija partía el pan para que lo comieran sus retoños. Desde entonces prescinde de este alimento aunque pueda permitirse esos perfumes que te impregnan en el primer contacto. No pierde detalle en saludar o cuidar que los clientes sean atendidos a nivel de excelencia.  “Yo vivía en una casa de madera con mis abuelos, no quería que Gonzalo supiera dónde, pero él se enteró y un día se presentó en mi casa. Él quería vivir en cuba y conocer cómo vivían los cubanos en un tiempo donde un dólar americano valía 120 pesos. Pero la policía de Guanabacoa me vino a buscar porque yo andaba con extranjeros y el Gobierno no lo permitía. Gonzalo tuvo que marcharse a España y la gente me decía: no va a volver a por ti y además con dos niñas, ese no viene, pero volvió”. Sentada en una mesa en la terraza de la calle Olimpiadas desvela su historia con mimo, cuajada de emociones, con las pausas que interrogan un silencio. “Cuando mi marido me fue a buscar a Cuba yo tenía que tener muchos procesos: solvencia económica de la persona que me traía para que no fuera una carga para el Estado, un domicilio para que me dieran el visado, la boca totalmente arreglada, no es como ahora. Nunca había salido de Cuba fue la primera vez, llegué hasta Asturias pero aquella lluvia me dio un bajón de ánimo… Me quería ir. Un cuñado que veraneaba aquí, en el Camping Mar Azul, que estaba en Almerimar nos recomendó esta parte por temas de clima. Lo dejamos todo y vinimos hasta Almería con una mano delante y otra detrás a probar suerte”, dice la experta coctelera.   “Empezamos a trabajar en el Camping, el dueño, Pepe Collado, nos dio un bungalow para vivir allí. Yo lloraba todos los días porque echaba tanto de menos a mis hijas, tardé un año en regresar a por ellas. En aquel tiempo tenía tres trabajaos; en el camping, lavando para Collado y limpiando para otra familia de El Ejido”, sostiene las manos firmes, una sujeta a otra en un gesto de autoconsuelo, como quien mira atrás para coger fuerzas.  “En una ocasión me cogieron por la cintura y me colgaron para que limpiara las ventanas. Ves estos deditos, pues pintaron las juntas de las losas de una casa de 150 metros cuadrados, me caían las lágrimas como puños. Pepe Collado vio materia en mí y me dijo que era una mujer emprendedora y podía salir adelante, me recomendó que estudiara y no me estancara”.  Y Jacqueline dio un paso adelante siguiendo los consejos de su mentor. El restaurante Saracagua fue su escuela, la dueña reconoció la necesidad de una joven madre que ni sabía llevar una bandeja, pero tenía que alimentar a sus hijas, la abrazó y de esta forma le dio la bienvenida al gremio. La mujer recoge sus brazos y rememora aquel gesto cómplice que hoy todavía la conmueve. La hostelera nombra a su marido una vez más como uno de los impulsores a su carrera. A finales de los 90 y con el apoyo económico de Juan Rodríguez, quien fuera un padre para la empresaria, llegó el Cubanito al puerto de Almerimar. Las fotos del menú de aquel bar están sobre la mesa, y un álbum con los recuerdos de los felices años vividos en aquellas paredes escritas de buenos deseos de sus clientes. Una mezcla de nostalgia, anhelo y orgullo en el buen hacer que todavía vibran en los ojos de la latina. “La gente se volvía loca con mi ropa vieja”, sonríe Jacqueline y pasa otra foto.  “Niña yo vendía los cubatas a 200 pesetas fíjate que me acuerdo más de las pesetas que de los euros. Aquello fue una locura Francisco Fornieles fue mi socio y montamos dos pubs más: Temple bar y el Rinconcito Cubano. A pero espérate que había un Galeón en el puerto de Almerimar que era de unos noruegos o suizos, una réplica del siglo XVIII y me propusieron que hicieran lo miso que hacía en Cuba. Allá que me fui a hablar con los dueños y conseguí que Habana Club me patrocinara el barco, dos años duró la aventura llevaba un ritmo de vida que no era vida. Porque para que un negocio funcione tú tienes que estar ahí”.  “La primera vez que salió el barco era con la despedida de soltero de Miguel, el dueño de Banghoh y Maná de aquí de El Ejido. Todos salieron en el galeón tan contentos y me llama el capitán diciendo que volvía vacío porque se habían mareado. Tuvieron que ir las novias y los amigos a por ellos”, Jacqueline se parte de risa al

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Cuando los dulces proporcionan ayuda humanitaria a la guerra de Ucrania

Mi vecina, Diana Soldijar, tuvo la idea de llevar cestas de dulce y «Detalles que enamoran» por encargo como respiro emocional durante el primer periodo de apertura después de la cuarentena. Su local en Roquetas de Mar recoge enseres de primera necesidad para los afectados por la guerra de Ucrania. Toda la familia de Valeriia vive en un pequeño pueblo que ha sido bombardeado a 6 minutos de la frontera con Rusia.   “La realidad es que el ejército ruso dispara a civiles, no importa que sean niños, discapacitados, ancianos, les disparan. La comida está faltando porque los camiones no pueden suministrar de una ciudad a otra, la gente no puede salir por la calle porque les disparan, disparan a los coches de los civiles”, dice la chica ucraniana y su manicura verde hace presencia en el gesto de nerviosismo que junta sus dedos. Desde la resistencia la familia de Valeriia quien regenta una tienda de piezas de coches suministra aceite, piezas, etc a los militares ucranianos. El local está cerrado desde que el pasado 24 de febrero empezara la ocupación rusa. A pesar de que Lebedyn es una ciudad pequeña, unos 24.000 habitantes, se encuentra a solo 6 minutos de la frontera del gigante exsoviético. “No todos los rusos son malos, algunos soldados han comprado en la tienda del pueblo y han pagado, pero no sé”, dice la joven de 23 años antes de volver a sumirse en sus más profundos pesares. Valeriia Hulak y Diana Boldijar son propietarias de la tienda ‘Detalles que enamoran’ rodeadas de chocolatinas, globos y una atmósfera rosa que cautiva han organizado una campaña para llevar ayuda humanitaria a Ucrania. En la trastienda se acumulan los paquetes de solidaridad, comida, medicamentos, mantas e inclusos juguetes para los niños. “No son primera necesidad pero también hacen falta”, añade la filóloga ucraniana. El proyectó que empezó Diana hace dos años con la clara vocación humanista de llevar alegría a los hogares cuando las familias no se podían reunir, los amigos no podían verse… «Lo hacía solo por ver la felicidad de la gente porque a veces no ganaba para la gasolina», dice la contable que llegó junto a sus padres desde Rumanía cuando solo era una niña de 8 años. Antes de llegar a la treintena se ha embarcado en el carro del emprendimiento y aunque todavía compagina sus dos trabajos espera vivir de su negocio. Durante aquellos primeros años apenas eran 1 ó 2 niños o niñas de fuera en el colegio y por supuesto que Diana lo pasó mal, lo que no le impidió seguir adelante cursar estudios superiores y ser una emprendedora. Ella y su cuñada Valeriia están al frente de un negocio lleno de azúcar y color. La ucraniana se enamoró del hermano de Diana, Paul Boldijar, durante su Erasmus en la Universidad de Almería y a pesar de la situación, la chica sonríe debajo de la mascarilla cuando muestras su anillo de compromiso.  ‘Detalles que enamoran’ es un negocio de carácter familiar, todas las manos son necesarias, el padre de Diana pasa un momento mientras charlamos y le dice algo en español a su hija. Entonces sorprendida pregunto: «¿habláis en español?», ella sonríe y contesta: «claro por respeto, estás tú aquí». Puedo deciros que estas mujeres tiene toda mi admiración solo por su forma de enfrentar la vida, solo por las palabras de Diana «los propios golpes de la vida te hacen levantarte» y solo por la entereza de Valeriia que a pesar de tener el mar en los ojos al hablar de su familia me ha dedicado su tiempo con todo el agrado que mi interés le despertó.  

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“Conocí el término tercermundista cuando llegué a España”, dice la venezolana Pierina Inciarte

El desafío de la hoja en blanco, el reto de poner en palabras imágenes y emociones, el precipicio de asomarte a la vida de otro y verte. Pierina y yo hemos nacido a 7 años y un océano de distancia, el contexto sociocultural en el cual crecimos ha sido diferente, sin embargo la carencia nos une. Todos esos mantras limitantes que te llevan a conformarte porque no mereces más, no mereces una relación de pareja sana, no mereces un sueldo digno, no mereces lo bueno que te pase en la vida.  “Hace 4 años que vine a España para mí era algo impensable, como un quiero ser princesa” expresa la venezolana a la vez que sonríe cuando recuerda la sorpresa y el impacto en cuanto al choque cultural. ¿Qué puedes disfrutar en España que en Venezuela era impensable para ti? El comerme una fruta y saber que me la puedo permitir, que puedo ganar un sueldo y pagar mi alquiler, mi comida, que la inflación no se va a disparar.  He sido muy pobre y he vivido con esa carencia, te queda como un trauma de que eres egoísta si te permites un lujo, porque el lujo te lo das tú en lugar de mandar ese dinero a la familia, no te sientes merecedor de eso. Es algo con lo que a día de hoy lucho, pienso si subir una foto en las redes sociales porque mi madre no lo puede disfrutar.  Mira su café y dice: “antes no disfrutaba de tomarte un café con una galleta porque tenía que preocuparme por qué iba a comer en la noche. Hay una anécdota que siempre cuento y no mucha gente me la cree, cuando era pequeña mi padre me puso caucho de los neumáticos en los zapatos, porque no tenía zapatos” y exhala una de esas risas que vienen a decir: puta vida. Pierina Inciarte es originaria del estado de Zulia donde su población vive con 2157 dólares al año. Los venezolanos encabezan la lista por abajo de los a países con mejor nivel de vida del mundo. En esta situación salir del territorio es muy difícil, por lo costoso de los billetes, casi el sueldo de un año de trabajo. Pero con mucho esfuerzo y trabajo duro en Colombia, Pierina consiguió el estatus de refugiada política y pagar los pasajes para ella y su hijo pequeño, Milán.  ¿Cómo conseguiste el asilo político? Es una oportunidad que me dio el padre de mi hijo quien había sido militante de la oposición política durante su época universitaria y nos puso en su asilo a Milán y a mí. Al principio uno se cierra porque no acepta que está en otro país, estoy sola en España, no tengo a mi familia y hay momentos…  Es curioso, dice y, agarra una mano con otra mientras se mira los dedos, “conocí el término tercermundista cuando llegué a España. Aquí somos más abiertos a la diversidad de género, el respeto a la personas, los niños, me siento más identificado con esta mentalidad. De donde vengo el hombre tiene que mantener todo, la mujer solo plancha, cocina… Defiendo la igualdad entre hombres y mujeres, pero no voy a buscar un compañero de piso, sino un hombre que me apoye”.  Viví una relación muy tormentosa con el padre de mi hijo fue mi primer novio, desde los 15 años. Una siempre piensa que la situación va a mejorar, los latinos tenemos esa educación de que hay que aguantar por la familia, pero llegué a pesar 35kg, tenía anorexia, parecía la hermanita de Milán. Ahora lo pienso y no sé, estaba ciega de amor por ese hombre.  ¿Cómo conseguiste salir de esa situación tan dañina? Con palabras sencillas, Milán me decía: ‘mamá no estés triste’, él tenía 3 años. Después de la cuarentena di un paso adelante aunque tenía mucho miedo. El miedo es lo peor, no te permite avanzar, tenía miedo a fracasar a volver a casa de mi ex con el rabo entre las piernas como un perrito, tenía miedo a no poder hacer frente al alquiler… ¿Qué le dirías a alguien que estuviera en tu situación? No le diría nada, porque nosotros necesitamos sentir ese dolor tan grande para poder soltar.  Y así fue que un día mientras me hacía la manicura conocí a una referente. La mujer que tenía delante me dio una lección de vida difícil de olvidar.  Pierina trabaja en el salón de peluquería y estética California Colours de Roquetas de Mar, sus pulgares no tienen hueso, pero jamás ha ido al psicólogo por sus dedos, ella dice: “está en uno mismo saber que puedes hacer todo”.  Tenía 20 años cuando llegó a su segunda casa y no sabía ni lo que era Cruz Roja, o el Instituto de la Mujer, pero trabajó muy duro, jornadas laborales ilegales e interminables  por su situación irregular y de necesidad. Pierina asegura que de esta forma aprendió a valorar el trabajo, a ser muda, sorda y ciega para los clientes y la excelencia en la manicura.  Como madre aplica el método Montessori, así que no importa si Milán lleva las botas de fútbol del revés, es su aprendizaje. Su cara se ilumina cuando habla del pequeño, ese niño tan empático y cariñoso por el que sacrificó los estudios universitarios, las salidas a la discoteca con las amigas, por quien lucha para que viva sin carencias con una autoestima sana y fuerte.  Share on facebook Share on twitter Share on whatsapp

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«El sistema trata como zombies a los alumnos» dice el profesor americano del Nicolás Salmerón

Era viernes por la noche y la peña flamenca el Taranto abría sus puertas después de haber cancelado en un par de ocasiones el recital de David Palomar a causa del covid. La noche estaba despejada y no muy fría para el mes de febrero, acudía al encuentro cultual con una amiga y un californiano de quien poco sabía. Richard Creighton fue el guiri de la noche enamorado del cante, “me alucina ver cómo puede ser delicado, fuerte y apasionado al mismo tiempo”, decía en su lengua materna con los ojos brillantes de emoción.  Richard es auxilar de conversación en el Instituto Nicolás Salmerón desde septiembre de 2020 ha sido su primera experiencia como docente y algo que lleva en la venas de alguna forma. “Mi madre y mi hermana mayor son profesoras ¿imaginas cómo era llegar a casa después del colegio?”, bromea.  Es un tío terriblemente alto, tamaño pívot en una cancha de baloncesto, aunque sus deportes como estudiante fueron fútbol y waterpolo. Tiene 30 años orgullosamente cumplidos en Almería, y la capacidad de empatizar con sus alumnos. “Yo soy un tío grande y además hablo en inglés. Hago como un spanglish para mis alumnos porque recuerdo cómo me sentía cuando iba a casa de mis amigos mexicanos en Los Ángeles y trataba de hablar español con sus padres, me ponía muy nervioso porque no me quería equivocar, es un sentimiento muy humano”. ¿Que tratas de enseñar a tus alumnos sobre tus valores y tu cultura? Wow esa es una pregunta difícil, me vas a hacer pensar, (dice con una mágica sonrisa y después de un silencio continúa). Tengo cartas de mis alumnos del curso pasado donde me agradecen todo lo que han aprendido y las leo una y otra vez porque me dan esperanza. Muchos de estos niños nunca han tenido la oportunidad de hablar con alguien de California y me hacen muchas preguntas a cerca de mi ciudad, los Lakers…  Los niños tienen iniciativas muy interesantes y creativas, me han hecho cambiar mi pensamiento a veces el sistema los trata como zombies. En este curso he podido apreciar dos grandes diferencias con los alumnos, lo más pequeños están inquietos y ansiosos en clase, mientras que los grandes están ahí como desesperanzados, deprimidos, están porque tienen que estar. Esta situación con el COVID ha hecho que alumnos y profesores estén quemados. Hay cosas que me chocan mucho como que no puedan ir al laboratorio o hacer actividades en grupo si cuando suena la campana todos se quitan las mascarillas, se besan y abrazan… No quiero ponerme intenso con este tema, mejor no me dejes seguir.  Me parece divertido, creo que tienes una gran vocación humanista y realmente te apasiona tu trabajo.  Sí esto es algo de familia, mi padre era bombero y mi madre profesora, estoy muy agradecido a ellos a cómo me han enseñado, jamás me han hecho un spoiler de algo, sino que me han enseñado a ganarme las cosas por mí mismo. He crecido en un lugar que considero un paraíso, en un barrio de Los Ángeles lleno de colinas y naturaleza, ha sido un auténtico privilegio.  ¿Por qué elegiste España? Amh… yo tenía 11 años cuando mi hermano Jack fue con un programa de estudios a Madrid entonces él me contaba su experiencia en España, la cultura, me mostraba fotos… y me impactó tanto. Así que durante mi último año de estudios 2016-2017 hice un programa desde la San José State University a la Universidad de Jaén y vine a España.  Jack falleció tres días antes de venir a España en un accidente. Estaba en Madrid y era mi segundo día en un país extranjero, la primera vez que viajaba solo tan lejos, era todo nuevo, teníamos que recibir a nuestros padres de acogida y los míos, Fernando y Loreto, no vinieron, fui el único estudiante sin padres.  El padre de Fernando había fallecido y por eso no pudieron venir. Tuvimos una relación muy estrecha desde el principio, mis padres de acogida hablaban un inglés suficiente como para llegar a casa después de un duro día tratando de hablar español y poder expresarme en mi lengua. No he podido tener mejores padres de acogida que ellos.  Tengo que decir que Loreto se convirtió en una figura materna que me reconfortó en una época oscura.  El californiano se mueve con la bicicleta que su padre de acogida le regaló, el cuadro le queda un poco pequeño y lleva el sillín a tope de alto, sonríe al recordar el por qué. “Esta bici pertenecía a mi padre de acogida y ellos son españoles no muy altos”. ¿Algún choque cultural o que te sorprendiera? Lo primero que aprendí es la importancia de la comida y la familia, es una tradición que me gusta mucho y que no está presente de donde vengo. La comida es un momento sagrado en el que dejas el teléfono, y compartes un alimento delicioso, hablas de tu día. Aprendí que esto era muy importante porque en una ocasión llegué tarde al almuerzo y mis padres de Jaén, que eran los mejores cocineros que he visto me estaban esperando sentados en la mesa, lo lamenté desde entonces nunca más falté.  En California es diferente, cada uno come cuando puede, durante la cena sí se suele dar esta tradición como en España, pero a medida que vas creciendo pues uno no baja a cenar porque tiene un examen, el otro porque ya vive fuera de casa… le damos más importancia al éxito personal, a ser el mejor en lo que hagas y pierdes estos momentos familiares, es algo que me apena bastante.   ¿Qué es esto de que has trabajado en la tierra? Sí trabajé en Rumanía en un campo de arándanos, para que no se cumpliera mi visado tenía que pasar un tiempo fuera de la zona Schengen, así que viví esta experiencia que creo todos deberíamos tener al menos una vez en la vida. El estar en contacto con la tierra,

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