Aljaima: tajín, bastela y cultura en un histórico espacio…

Moustafa Jazouli en el salón de su restaurante, Aljaima

De todas, todas y de todas, a una parte. Puede que de la época califal almeriense solo queden ruinas a la vista pero nuestras culturas se hermanaron en el mismo momento que Abd El Rahman III puso la primera piedra de la ciudad hace más de 10 siglos. Era entonces Almeraya el puerto del Al Andalus, como ahora se amplían las dragas para exportar mármol, como ahora las iglesias se levantan sobre mezquitas, como los restaurantes de comida marroquí se asientan en antiguas cofradías. 

La entrevista entre Moustafa Jazouli e Isabel Gómez. Foto por Melanie Lupiáñez

El lugar del que hoy os reporto se llama Aljaima, una adaptación de la palabra jaima, esas tiendas refugios de los habitantes del desierto. Sobre la antigua Cofradía de la Santa Fe, Mustafa Jazouli instaló su restaurante en el año 2007. Trabajó durante un año y tres meses para realizar las reformas. Con sus propias manos desvistió de cemento los muros y enlució las paredes con adoquines pintados a manos, en principio por tapar una humedad y después como ocupación durante la pasada cuarentena. “Ves este hueco, aquí había una cruz y he querido dejar la forma”.

“Esto iba a ser un showroom con antigüedades árabes, de Mali y Burkina Fasso pero cuando empecé la obra del local encontré una cuchara que me dio la pista, además ya se veía venir la crisis del ladrillo”, Jazouli concluye detrás de la mascarilla, algo cansado por las horas de más. “Antes tenía 7 personas trabajando aquí, pero con el tema del COVID y la reducción de horario pues, hay dos cocineras y yo soy el que doy servicio a las mesas”, dice el hostelero.

¿A causa del COVID has reducido las mesas?

Sí, claro antes tenía que ver cómo poner las mesas porque no cabía la gente de tantas reservas que había. Ahora todo es diferente. ¡Fíjate cuánto espacio hay y el techo es alto!

A medio día el sol penetra por los vidrios coloreados con esas formas geométricas de estrellas de 6 puntas. Hay 2 grandes ventanales de techo a suelo donde se ubican dos mesas de cuatro comensales, el ruido de la fuente, los olores de la cocina, las vigas del techo y los azulejos del suelo crean una atmósfera sosegada. Un lugar que invita a compartir la mesa sin más ambición que disfrutar de la experiencia.

Mesa de ‘Aljaima’, foto por Melanie Lupiáñez

¿Cuáles son los platos estrella?

Bastela, cous-cous y tajine siempre es lo fresco del día, con la pandemia es lo que hay. Es la forma de adaptación, los clientes empiezan a llamar desde el principio de la semana para reservar. Menos cantidad, pero más calidad.

Hay un plato en su carta con el que ganó un premio en el concurso de ‘Tapas de Película 2018’:

Sí, con el Festival de Cine de Almería organizan este concurso de la Ruta de la Tapa de Película y el que ganó fue un tajín de cordero con cerezas caramelizas y almendras.

La cocina que maneja es tradicional marroquí y también hay opciones veganas. Por ejemplo, el humus servido con pimentón y bien regado de aceite de oliva. Atentos a los caldos, Protos de 2006 y cerveza bien tirada. Un privilegio para el paladar. 

Hijo de un militar y un ama de casa, hermano de 4 ingenieros y una comadrona. Nacido en Casablanca en 1965 pero criado en Asilah. Es un hombre sencillo, le gustaría retirarse a la tranquilidad de Cabo Verde o su país natal. 

Llegó a España en 1987 como estudiante de Geología de la Universidad de Granada, se costeó sus propios estudios y nunca dejó  de trabajar; se define a sí mismo como un hombre de ciencia. “En Granada compartía piso con otros estudiantes y para llamar a casa íbamos a una cabina, allí estábamos los extranjeros formando una cola enorme, había gente de todas partes: Estados Unidos, Francia… Teníamos un truco, poníamos una moneda grande turca y con eso había para llamar…”, hace un gesto de levantar la mano para señalar que mucho rato y se ríe. “Claro, es lo que había, como ahora que hay que robar Wifi”, bromea.

Moustafa Jazouli y un poemario de WIFI. Foto por Melanie Lupiáñez

Tiene una curiosa manera de darles presente a los clientes. Detrás del libro de visitas custodiado por dos candelabros grandes y honrado sobre un histórico soporte de madera, hay una estantería llena de libros, poemarios, libros de fotografía, joyas solo para el ojo ávido.

“Cuando alguien me pide la contraseña del WIFI pues le doy un libro”, agarra el poemario de la editorial Aloha que ha escrito un amigo suyo y se ríe. 

Cada una de las fotografías en gran formato que se exponen en las paredes del restaurante han sido tomadas por el propietario. “Todas son robados, no querían que les hiciera las fotos. Es un homenaje a la mujer marroquí trabajadora”. Como la técnica me deja un poco descolocada porque alguna, como la instantánea de los gallos parece una acuarela sigo indagando. “Quien me ayudó con la luz y el color fue el fotógrafo Adolfo Olmedo”, dice el marroquí.

En ese momento, se aproxima a la estantería donde duermen los libros del WIFI y despierta uno. El título: Fotografías durante el franquismo. Busca delante y detrás hasta hallar la instantánea.

Es el Che en plena Ciudad Universitaria paseando por Madrid en su paso a El Cairo, una instantánea de César Lucas, dedicada al aventajado amante de este arte que vio en el comensal al maestro camarógrafo.  

A pesar de que nunca ha trabajado como geólogo, tampoco conoce lo que es el paro.

Moustafa Jazouli delante de sus fotografías. Foto por Melanie Lupiáñez

Aunque usted tuviera más cualificación, ¿no le frustraba trabajar en un invernadero o como envasador de hortalizas? 

Nunca rechacé ningún trabajo, pero con la esperanza de que siempre saldría algo mejor. Solo he estado un mes en el paro, he trabajado como traductor en los juzgados, como envasador, en los invernaderos, como agente de viajes… Hablo francés, inglés, árabe, un poco de hebreo y español.

 Aunque nunca pude trabajar como geólogo porque no tenía permiso de trabajo en aquel tiempo era complicado. Ni se hacían los papeles para extranjeros, no puedes trabajar si no tienes permiso. Había un vacío legal hasta que en 1992 hubo una campaña del Gobierno “Sal a la luz” para hacer permisos y trabajar de forma legal.  

Estaba seguro de que ningún trabajo iba a ser para siempre.  

La cuchara de plata de condujo a Moustafa a convertir su ‘showroom’ en el restaurante Aljaima.

Hoy en día es propietario y recuerda algunos trabajos que le reportaron mucha satisfacción e impulso económico: “cada año organizaban en Barcelona la Feria de los Fósiles, EXPOMINER, y allí me iba con mi coche pequeño lleno de fósiles en cajitas que había comprado en Marruecos y otras partes de África, montaba una mesa pequeña como esta (para cuatro comensales) y en una semana hacía el agosto”. De aquellos fósiles quedan en las vitrinas, junto a joyería y demás antigüedad que están a la venta. De manera que se hace fácil llevarse un pedacito de historia a casa. 

¿Tiene hijos Moustafa?

Sí, dos. Un hijo y una hija. El niño es matemático y nada más terminar empezó a trabajar en una buena empresa, está en Mallorca. La niña hizo criminología, trabajó para la Junta de Andalucía y ahora no sabe muy bien si ayudará a su madre en su negocio o seguirá su camino. Levanta la cejas y en fin, cada uno nuestra vida, adivina sus gesto. 

Sin duda, la mejor pregunta que le podíamos haber hecho, cuandos sonríe más fuerte y saca el orgullo de padre. Moustafa el geólogo, mercader de antigüedades, amante de la fotografía y hostelero. 

¿Por ser de otro país alguna vez te han mirado mal o tratado diferente?

No es cuestión de eso. Hay quien nunca ha viajado, no conoce el mundo, no ha tratado con otra gente, ni siquiera ha llegado al COU, escriben con faltas, hablan… A veces esas personas te infravaloran pero le explico cómo pienso y ya cambian de actitud. A quien no conoce las migraciones a Argentina, los inmigrantes de las Alpujarras… 

El hostelero revisa el libros de visitas. A la derecha la distinción de TripAdvisor y la plaqueta del concurso tapas de cine.

Las campanas del convento de las Claras tañen, son las 18.00h; sus piedras y las que nos cobijan compartieron cantera, todavía huele a palo santo. 

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