
Irregularidades llevan al repartidor más veterano de Glovo a no cobrar y no estar dado de alta
Neuro pasó la Navidad sin cobrar. A sus 76 años, mientras repartía comida en moto por las calles de Roquetas de Mar, trabajó durante semanas sin recibir salario alguno. Ni en Nochebuena, ni en Año Nuevo, ni en Reyes llegó el ingreso que esperaba. No fue un descuido puntual, sino la consecuencia de una cadena de irregularidades laborales que lo dejaron, sin saberlo, trabajando sin estar dado de alta en la Seguridad Social. Su historia no es solo la de un abuelo repartidor, sino la de una vejez atravesada por la migración, la precariedad y un sistema que no siempre protege a quienes más lo necesitan.
La realidad salió a la luz cuando acudió a la Seguridad Social para reclamar el pago de una baja médica de siete días. Allí le informaron de que su última alta databa de finales de junio. Desde entonces había estado trabajando sin estar dado de alta, aunque Glovo le descontaba mensualmente la cotización en nómina. La confusión se agravó por un cruce de datos con su hijo, que se llama igual y también trabajaba en la empresa.
A esa irregularidad se sumó lo más grave: dos meses completos sin cobrar salario. Neuro pasó la Navidad, el Año Nuevo y los Reyes sin ingresos, mientras seguía repartiendo comida. Solo tras la intervención sindical y la amenaza de denuncia, la empresa abonó los atrasos y solicitó de nuevo la autorización necesaria para contratarlo legalmente. A día de hoy, su situación sigue siendo frágil y dependiente de resoluciones administrativas.
Cruce de caminos
Nuestro primer encuentro fue casual, en pleno verano, bajo un sol que rozaba los cuarenta grados. Neuro buscaba una dirección con gesto cansado, enfundado en la mochila amarilla de Glovo. Al abrirle la puerta, intercambiamos unas palabras y su acento venezolano llamó la atención. “Me llamo Neuro y tengo 76 años”, dijo con una sonrisa serena, como si la edad no fuera un dato extraordinario para alguien que repartía hamburguesas en moto. Días después, aceptó sentarse a tomar un café y contar su historia.
Neuro nació en Maracaibo, en una Venezuela que hoy parece irreconocible. Creció en un entorno humilde pero fértil, donde la tierra daba alimentos y el trabajo era una constante desde la infancia. Aprendió mecanografía, secretariado y pasó por numerosos oficios. Con los años prosperó: tuvo negocios, taxis, licorerías y pudo llevar a sus hijos a Disney en dos ocasiones. Pero esa vida empezó a desmoronarse a partir de los años dos mil. La delincuencia se multiplicó, le robaron vehículos y sufrió un secuestro que marcó un antes y un después.
En 2016, la familia comenzó a emigrar. Pasaron por Colombia y Panamá. En este último país, Neuro perdió todos sus ahorros en una estafa y vivió prácticamente encerrado por miedo. En Colombia, repartiendo comida a comisión, recibió otro golpe: un diagnóstico de cáncer de próstata agresivo. Logró tratarse y curarse, pero su situación económica seguía siendo crítica. En 2022, con ayuda de su familia, consiguió reunir 1.300 euros y viajar a España para reunirse con su hijo en Roquetas de Mar.
La jubilación no alcanza
La jubilación venezolana que recibe hoy es de apenas siete euros al mes. “No alcanza ni para un kilo de carne”, explica. Por eso, a una edad en la que muchos esperan descanso, Neuro siguió trabajando. Compró una moto y empezó a repartir comida para Glovo. Al principio lo hizo de forma irregular, alquilando una cuenta y cediendo parte de sus ingresos. Jornadas de hasta doce horas diarias, sin descanso y sin derechos, se convirtieron en la norma.
Su situación mejoró cuando entró a trabajar con una flota intermediaria que gestionaba repartidores para Glovo. Allí tuvo, por primera vez, un contrato legal, un salario digno y un horario adaptado a su edad: 30 horas semanales, descansos y un trato humano. Para contratarlo fue necesario solicitar una autorización especial a la Seguridad Social, ya que superaba la edad legal de jubilación. La autorización fue concedida y Neuro volvió a sentirse trabajador “de verdad”.
Pero el equilibrio duró poco. El Ministerio de Trabajo obligó a Glovo a eliminar estas flotas por considerarlas empresas pantalla y a absorber directamente a los repartidores. La plataforma se comprometió a respetar los contratos existentes, pero en el caso de Neuro algo falló. Durante meses siguió trabajando con normalidad, recibiendo nóminas y cumpliendo horarios, convencido de estar dado de alta.
Muchos jubilados trabajan en España
Neuro no es un caso aislado. Su historia refleja una realidad creciente: personas mayores que continúan trabajando más allá de la edad de jubilación, especialmente en sectores precarizados como el reparto a domicilio. En España, el número de afiliados a la Seguridad Social en edad de jubilación se ha duplicado en los últimos años, alcanzando la cifra récord de 76.595 en 2025, según la Seguridad Social. Detrás de esos datos hay historias de migración tardía, cotizaciones insuficientes y necesidad económica. Neuro no tendrá la oportunidad de cotizar lo suficiente para cobrar una paga contributiva, pero en realidad el sólo quiere trabajar.
A pesar de todo, Neuro no se define como una víctima. Dice que si no trabaja “se vuelve loco”. Juega dominó, envía mensajes de ánimo y bendiciones por WhatsApp y sigue ayudando a su familia, tanto en España como en Venezuela. “Hasta que el médico me diga que no puedo más”, repite.
En la moto, enfrentando el sol y el viento, Neuro encarna una paradoja incómoda: un sistema que necesita trabajadores disponibles, pero no siempre garantiza derechos básicos. Un abuelo repartiendo comida que no pide caridad, solo que trabajar no signifique desaparecer de los papeles… ni pasar otra Navidad sin cobrar.