Los mejores mojitos de Cuba están en El Ejido

Jacqueline es el Cubanito y el Cubanito es Jacqueline Prepara los mejores moijtos de Almería, llevó al Poli Ejido cuando subió a segunda división en un antiguo galeón desde Almerimar a Balerma, aprendió a caminar de nuevos a los 51 años. Se crió en una humilde casa de madera al otro lado del Atlántico y por amor llegó a esta tierra. Jaqueline se instaló hace 27 años a El Ejido y se quedó para dejar su legado, para traer una parte de Cuba a Almería. El Cubanito, es su negocio y ella es el Cubanito.   Una mujer con las manos curtidas, la mirada fuerte y la narrativa elocuente. Se ríe y junta las manos dando una palmada, una de sus dos hijas se acerca: “Mamá cuéntale cómo conociste a Gonzalo”. Poco a poco comienza su relato son 53 años de trabajo duro, sin amedrentarse, atenta a cómo hacían crecer su economía los clientes que la impulsaban a ser más grande. La historia empieza a desgranarse a sus primeros veinte, Jacqueline trabajaba en un barco como animadora en la tierra que la vio nacer, allí conoció a Gonzalo Mere Rodríguez, un asturiano por quien cambiaría el curso de su vida. Quedó embaraza a los 16 años y a los 18 tuvo a su segunda hija partía el pan para que lo comieran sus retoños. Desde entonces prescinde de este alimento aunque pueda permitirse esos perfumes que te impregnan en el primer contacto. No pierde detalle en saludar o cuidar que los clientes sean atendidos a nivel de excelencia.  “Yo vivía en una casa de madera con mis abuelos, no quería que Gonzalo supiera dónde, pero él se enteró y un día se presentó en mi casa. Él quería vivir en cuba y conocer cómo vivían los cubanos en un tiempo donde un dólar americano valía 120 pesos. Pero la policía de Guanabacoa me vino a buscar porque yo andaba con extranjeros y el Gobierno no lo permitía. Gonzalo tuvo que marcharse a España y la gente me decía: no va a volver a por ti y además con dos niñas, ese no viene, pero volvió”. Sentada en una mesa en la terraza de la calle Olimpiadas desvela su historia con mimo, cuajada de emociones, con las pausas que interrogan un silencio. “Cuando mi marido me fue a buscar a Cuba yo tenía que tener muchos procesos: solvencia económica de la persona que me traía para que no fuera una carga para el Estado, un domicilio para que me dieran el visado, la boca totalmente arreglada, no es como ahora. Nunca había salido de Cuba fue la primera vez, llegué hasta Asturias pero aquella lluvia me dio un bajón de ánimo… Me quería ir. Un cuñado que veraneaba aquí, en el Camping Mar Azul, que estaba en Almerimar nos recomendó esta parte por temas de clima. Lo dejamos todo y vinimos hasta Almería con una mano delante y otra detrás a probar suerte”, dice la experta coctelera.   “Empezamos a trabajar en el Camping, el dueño, Pepe Collado, nos dio un bungalow para vivir allí. Yo lloraba todos los días porque echaba tanto de menos a mis hijas, tardé un año en regresar a por ellas. En aquel tiempo tenía tres trabajaos; en el camping, lavando para Collado y limpiando para otra familia de El Ejido”, sostiene las manos firmes, una sujeta a otra en un gesto de autoconsuelo, como quien mira atrás para coger fuerzas.  “En una ocasión me cogieron por la cintura y me colgaron para que limpiara las ventanas. Ves estos deditos, pues pintaron las juntas de las losas de una casa de 150 metros cuadrados, me caían las lágrimas como puños. Pepe Collado vio materia en mí y me dijo que era una mujer emprendedora y podía salir adelante, me recomendó que estudiara y no me estancara”.  Y Jacqueline dio un paso adelante siguiendo los consejos de su mentor. El restaurante Saracagua fue su escuela, la dueña reconoció la necesidad de una joven madre que ni sabía llevar una bandeja, pero tenía que alimentar a sus hijas, la abrazó y de esta forma le dio la bienvenida al gremio. La mujer recoge sus brazos y rememora aquel gesto cómplice que hoy todavía la conmueve. La hostelera nombra a su marido una vez más como uno de los impulsores a su carrera. A finales de los 90 y con el apoyo económico de Juan Rodríguez, quien fuera un padre para la empresaria, llegó el Cubanito al puerto de Almerimar. Las fotos del menú de aquel bar están sobre la mesa, y un álbum con los recuerdos de los felices años vividos en aquellas paredes escritas de buenos deseos de sus clientes. Una mezcla de nostalgia, anhelo y orgullo en el buen hacer que todavía vibran en los ojos de la latina. “La gente se volvía loca con mi ropa vieja”, sonríe Jacqueline y pasa otra foto.  “Niña yo vendía los cubatas a 200 pesetas fíjate que me acuerdo más de las pesetas que de los euros. Aquello fue una locura Francisco Fornieles fue mi socio y montamos dos pubs más: Temple bar y el Rinconcito Cubano. A pero espérate que había un Galeón en el puerto de Almerimar que era de unos noruegos o suizos, una réplica del siglo XVIII y me propusieron que hicieran lo miso que hacía en Cuba. Allá que me fui a hablar con los dueños y conseguí que Habana Club me patrocinara el barco, dos años duró la aventura llevaba un ritmo de vida que no era vida. Porque para que un negocio funcione tú tienes que estar ahí”.  “La primera vez que salió el barco era con la despedida de soltero de Miguel, el dueño de Banghoh y Maná de aquí de El Ejido. Todos salieron en el galeón tan contentos y me llama el capitán diciendo que volvía vacío porque se habían mareado. Tuvieron que ir las novias y los amigos a por ellos”, Jacqueline se parte de risa al

Los mejores mojitos de Cuba están en El Ejido Leer más »